Casandra

5 de agosto 2008

Sólo ella lo sabía. Sólo ella sabía que aquella felicidad era pasajera y no duraría más de dos años. Que llegaría un día en el que él moriría, en el que tras aquel terrible accidente las cosas cambiarían de forma radical; que antes perderían todo lo que tenían porque él se lo jugaría todo a una carta. Que antes del juego ocurriría lo del banco, que lo descubrirían después de que durante dos años consiguiese burlar a todos con aquellos pequeños maquillajes contables. Sabía, paso a paso, cómo ocurriría todo, cada episodio, cada desenlace, cada pieza de aquel rompecabezas. Sabía que lo descubrirían, que comenzarían la investigación, que lo culparían, que comenzaría el juicio y perdería todo lo que tenía. Que justo después se jugaría a todos los ahorros guardados a una sola carta. También los perdería. Sabía que antes de entrar en la cárcel estrellaría su coche para intentar, a la desesperada, salvar a la familia con un jugoso seguro de vida. Que no moriría en ese momento, sino unos días después fruto de un ataque al corazón en el salón de casa, tirado a los pies de aquella silla en la que ahora se encontraba tomando una copa de vino junto a ella. No podría hacer nada. Ni entonces, ni ahora, dos años antes de que todo ocurriera. Todo estaba escrito. Ella lo sabía. Pero también sabía que nadie la iba a creer.

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