El coronel Meyer

26 de enero 2009

Todos los errores tienen un principio; aunque no seamos capace de darnos cuenta hasta mucho más tarde. Siempre hay algo que te avisa. En su caso fue el primer beso, que le supo agrio. Y no es una metáfora, el beso le supo realmente a leche cortada. Podría esperarse que aquello le produjese una repulsa, pero no. En los vestuarios, después de casi un año detrás de ella, el olor salvaje a estrógeno le hizo cerrar los ojos y, ahora si metafóricamente,  fundirse en un largo beso.

Habían pasado casi quince años de aquello. Quince años, dos hijos, una casa de ladrillo blanco y porche de madera y un perro llamado Pottecher. El tintineo de estómago de aquel primer beso se convirtió en poco tiempo en un pellizco insoportable.

Ahora no podía dejar de reír. Firmaba el acuerdo de separación: custodia compartida, nada de pensiones de manutención, separación de bienes y espera de liquidación de los comunes. No era el momento para que le entrase aquella risa tonta, pero no podía resistirlo. Los dos abogados, el suyo y el de su mujer, le miraban como creyendo haberse perdido algo. Sólo faltaba una firma, pero su cabeza estaba en otro sitio. De repente había recordado  aquella frase que tantas veces escuchó decir al coronel Meyer: el mayor error de su vida había sido hacer la mili.

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Destino

6 de mayo 2008

Él saludaría al entrar en casa- ¿Qué tal? -y le daría un beso en la mejilla.

– Bien, preparando algo para cenar ¿te preparo algo? Me hacía un sandwich, estoy agotada.

– Bueno, tomaría uno igual. Me ducho y te acompaño. ¿Qué tal fue el día?

– Como todos. Un horror. Siete visitas,una casa apalabrada y se ha caído una venta que cerré la semana pasada. La crisis parece que hace mella en el sector -respondería ella sin levantar la mirada de las dos rebanadas que untaba con mayonesa- ¿Y tú?

– De nuevo bronca con el jefe; está de los nervios desde que se conoció la noticia de la fusión; parece que él está de los primeros en la lista de despidos de la nueva dirección. Al margen de eso todo bien. Por cierto ¿llamaste a los del seguro? -le preguntaría él mientras se iba desabrochando la corbata.

– Llamé, pero dicen que tardarán un par de días en venir a tasar los daños. No hay forma de hacerlo antes.

– Bueno, me meto en la ducha. Salgo en cinco minutos.

La cena, dos sandwiches de queso, rúcula y mayonesa, mientras echaban un ojo al nuevo reallity de moda en la tele. Varios comentarios al respecto del trabajo y a un encuentro con una antigua amiga del cole, mientras hacía unas compras en el centro comercial al lado de su trabajo.

Por la noche, sexo tibio y siete horas de sueño, hasta las siete y media que sonaría el despertador como cada mañana.

Nada diferente al resto de los días. Pura normalidad. Vida en pareja. Aunque los dos sabían lo que no decían.

Sabían que a las dos semanas ella llegaría a casa y en vez de una propuesta de cena le plantaría, sin previo aviso, su propuesta de divorcio, sin dar más rodeos. Él la aceptaría sin pedir más explicaiones.

Published in: on mayo 7, 2008 at 12:19 am  Comments (1)  
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Un as en la manga

30 de marzo 2008

Deambulaba entre el camerino y el escenario con nerviosismo. Cualquiera hubiera pensado que era por el espectáculo. Una mesa spider con una tapete de seda roja y el maletín al fondo. No necesitaba más, se dedicaba a la micromagia: magia de cosas pequeñas: cartas, monedas, gomas. Nunca le gustaron las grandes ilusiones, esos espectáculos en los que se corataba a la chica en dos o tres. Le parecían de lo más burdos. Y además, para partir mujeres por la mitad ya estaba la vida real. Él acababa de partir la suya -una metáfora- por la mitad: se había divorciado. Y era esa la causa de su nerviosismo. Esperaba esa noche a Pablo, pero no aparecía. Pablo era lo único que se salvó de la relación con Magda y, tal vez, la causa de alargar tanto una decisión que ya habían tomado tiempo atrás. Ella le había prometido traerlo al espectáculo. Actuaba frente a un buen puñado de amigos en Clamores y le apetecía verlo; le necesitaba esa noche ahí. A él le había tocado la parte menos cómoda en la logística de la separación; había perdido casa, pertenencias y a Pablo. Se quedó con el coche y poco más. La magia.

El técnico de sonido le avisaba desde el fondo que no se podía esperar más; la sala estaba hasta arriba y el espectáculo tenía que comenzar. Había preparado además de cartas, su fuerte, un buen puñado de juegos pensando en Pablo: apariciones de palomas, cuerdas, pañuelos. Los juegos iban uno tras otro con esa facilidad de la repetición enseyada una y otra vez. Aunque su cabeza esa noche estaba en otro lugar. Aunque la luz del escenario no le permitía ver con claridad la sala, le pareció en alguna ocasión ver a su hijo entre el público. Pura ilusión. Un voluntario -pedía; tiraba una pelota de papel entre los asistentes, deseando verlo subiendo con ella en la mano. Pero no aparecía. Hizo cartas, aparición de ases, mentalismo con adivinación en la cartera, la cuerda rota y recompuesta y las monedas a través del pañuelo, con los tres dólares de plata que tanto e gustaban a Pablo. Su cabeza buscaba razones para explicar la ausencia de Pablo: una avería de última hora, un despiste, una equivocación de sala. Sabía que todo eran excusas para no aceptar la verdadera causa: Magda. La maldecía entre dientes mientras su manos abanicaban las cartas en virtuosas florituras.

Como número final había preparado el del conejo en la cazuela. El público espectante tras haber visto la cazuela metálica vacía y fría. La tapaba. Silencio sepulcral en la sala. Levantaba la tapa de la cacerola y un sedoso conejito blanco levantaba sus afiladas orejas. Ovación y gran aplauso. Al mago le recorría una lágrima por la mejilla.

Published in: on marzo 30, 2008 at 10:05 pm  Dejar un comentario  
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