Sirenas y ranas

14 de enero 2008

El otro día me cayó una sirena del cielo. Caía una tormenta tremenda y circulaba en una carretera casi desierta paralela a la interestatal, observando como los rayos se clavaban en las montañas de hierro al frente. Circulaba a escasos veinte kilómetros hora cuando se precipitó sobre el capó del coche: la más bella sirena que jamás pude imaginar, de largos y ondulados cabellos y doradas escamas. Desde entonces vive conmigo en casa. Hoy he leído que debido a nosequé efecto de corrientes de aire y humedad hay otra gente a la que le llueven en plena calle o se le estrellan en el parabrisas rana de casi un kilo. Noshemos mirado y no hemos podido contener una carcajada.

Anuncios

3.000 millas

24 de junio 2008

Mientras veía el granizo romper sobre el cristal se imaginaba la lluvia en su casa de Brea. Agua de lluvia de un mismo Atlántico. Tres mil millas de océano. La bahía de Nueva York se convertía por unos segundos en la Ría de Cedeira.

Arrugas en Brooklyn

23 de junio 2008

Veía llover sobre los cristales de la ventana. La única ventana en su apartamento  de Franklin Street. Llovía a mares. Buscó una toalla para ponerla bajo el marco de la ventana. El granizo golpeaba contra el cristal y en agua empezaba a calar. A través de la lluvia el semáforo con la Sexta cambiaba rítmicamente rojo, naranja, verde. Coches, que paraban conteniendo el rugido de sus motores, bajo un gran cartel que tapaba una mediana en el viejo barrio. “Fruits now comes with attitude”. Rojo, naranja, verde. Rojo, naranja y verde. En intermitencias sobre su cara, que ahora se reflejaba en la ventana como en un espejo. Por primera vez tuvo constancia de las arrugas de su cara.