Cumpleaños

17 de enero 2008

37,36,35,34,33,32,31,30,29,28,27,26,25,24,23,22,21,20,19,18,17,16,15,14,13,12,11,10,9,8,7,6,5,4,3,2,1.

Por días 13.514, por horas 324.336, por minutos 19.460.160, por segundos 1.167.609.600. Mil millones de segundos, mil millones de inspiraciones de vida. Se sentía cansado al pensarlo pero tremendamente feliz.

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Cumpleaños

20 de septiembre 2008

Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deséamos Leo, …

Se cruzaba los pies por debajo de la mesa. La gente pediente en las velas. Las velas que Leo, siete años, y sus amigos, iban a soplar tan pronto terminase la canción, que ya había escuchado al menos tres veces en su honor ese año en otras tantas ceremonias que nunca parecían satisfacer a su madre, amante de las celebraciones.

Se habían separado hacia cuatro años, pero aún conservaban amigos en común y se veían en alguna que otra fiesta como aquel cumpleaños. Y, claro, también estaba Jara, siete años, fruto del pasado y nexo irrompible entre la pareja. Esa era sin duda la razón de que sus vidas no hubieran tomado caminos completamente contrapuestos después de la separación; tenían, más bien, la sensación de vivir una especie de vías paralelas que intentaban no cruzarse con excesiva frecuencia. Y cuando lo hacían, sólo sexo, nada más.

Se sentían como adolescentes bajo la mesa, en el jardín. Un corro de niños ayudaban a Leo a soplar las velas de una tarta de galleta y dulce de leche argentino. Minutos antes él le había dicho: qué guapa te veo. Y ella no había sabido qué responder.

Jara era íntima de Leo, compartían amigos, salidas de fin de semana, vacaciones y algún que otro cumpleaños. Él era amigo del padre de Leo y ella mantenía relación casi con todos los que se encontraban en el jardín aquella tarde: amigos, compañeros de trabajo y gente relacionada con el mundo de la comunicación.

No se miraban. Aunque sus piernas se acariciaban, arriba abajo, arriba abajo; hacían como que no perdían la atención de aquellas velas azules sobre galleta. En aquel momento se hubieran girado y se hubieran besado, pero había mucha gente. Mucha gente que hablaría. Su separación había sido muy sonada como para andarse ahora con esas tonterías de adolescentes.

Hola mamá, hola papá -se acercó Jara; las piernas se desentrelazaron- me gusta veros felices.

Una mirada de complicidad se cruzó entre ellos. Las velas se apagaron y el jardín se llenó de aplausos. Cada uno pensó su deseo.

En calcetines

29 de marzo 2008

Nos habíamos deslacazo a la entrada en una especie de rito esotérico que casi todos quisimos ver más como un juego sexual. Nos quedamos con las ganas. No tenía más explicación, un juego, algo que nos uniese o tal vez para tener un contacto más directo con el suelo. Celebraba su treintaseis cumpleaños y ya iba siendo hora de sentar cabeza pensé, o de poner los pies en la tierra, or el símil. O sexo o psico, no hay más. La cuestión es que uno a uno iba pidiendo a los invitados que pasaran al dormitorio y se descalzaran. A Paloma fue a la que más le costó trabajo descabalgarse de aquellos quince centímetros de tacón de aguja. Se sentía menuda y rechoncha sin sus botas, como en la playa pero con vestido de noche. Llevaba sin verla desde hacía una docena de años y estaba formidable. Los años habían ido madurando ese porte de macarra de barrio dándole un cierto glamour de cuarentona interesante. Y una mechas que se merecieron algún que otro chiste esa noche. Ahora dirigía series para televisión y la vida le ronreía. Y al reto de los que estábamos allí, tampoco nos había ido mal. Sin haber llegado a los cuarenta, quien más y quien menos ya se encontraba en algún puesto de cierta responsabilidad relacionado con el mundillo audiovisual. Y tal y como estaban las cosas eso era todo un éxito. Yo habría botellas, una tras otra, mientras recordábamos los años de la facultad. ¿Y el día en que se presentó Patxi Andión como nuevo porfesor de producción en segundo?. Una canción famosa suya, gritaba Fer, haciendo el chiste de siempre, sabiendo que nadie iba a recordar más que el 1,2,3. Las historias, profesores, chistes y recuerdos iban precipitándose unos tras otros navegando entre el vino. ¿Y qué sabes de Diego? Trabajó como ayudante de realización en uno de mis últimos trabajos. ¿Y del heavy y el protoheavy? Me encontré al proto el otro día por la calle. ¿Te acuerdas aquel chaval bajito de Murcia? ¿Manolo? Yo estuve en la clase de Amenábar, pues  yo en la de Letizia. Menuda generación.

De repente ella entró por la puerta, llegaba tarde. Sin duda era ella, auqnue aún ahora me pregunto cómo pude saberlo. La que fue la mujer más guapa de las que jamás pasearon por el mundo. Argentina, de pelo rizado y rubio.  Siempre rodeada de una corte de personajes extraños que hubieran matado a sus órdenes. Como una reina antigua se movía por la facultad con un aire de dueña del mundo sabiendo que todos moríamos a su paso. Sabía, por alguna extraña razón que era ella, aunque su aspecto actual nada se correspondía con la reina que fue. Había engordado en exceso y el pelo había perdido el adjetivo joven y conservado el enredo. El brillo que antes despedía se había apagado por completo. Si me la hubiera encontrado por la calle con seguridad no la hubiera reconocido. Pero en aquella fiesta, entre antiguos compañeros de facultad, no había duda, tenía que ser ella. Antolín avanzaba hacia mí, con ademán de prensetármela. ¿Te acuerdas de ella? me dijo como para facilitarme una negativa. No sabía que decir. En dos segundos vi el paso de los años en cada comisura de su cara, en las patas de gallo que remataban los ojos que fueron los más bellos de la facultad. Tenía facha de alcohólica de peli americana, con calcetines blancos. Miré de nuevo a sus ojos y me ví a mi mismo ¿me habrá ocurrido lo mismo?. Yo sabía que tampoco era aquel chaval de veinte; había perdido pelo y el que me quedaba lo hacía a base de química. Había ganado cana, grasa, arruga, pero ¿había llegado a ese extremo?. Antolín esperaba respuesta al ¿te acuerdas de ella?. Si decía sí, asumía la normalidad del desastre y me asumía a mi mismo. Podía decir que no. Asombrado mantendría una postura de ¿quien es este esperpento?¿pero cómo, que es ella? -añadiría luego- ¿Tan cambiada cuando nosotros nos conservamos casi igual que en la facultad? Antolín seguía esperando mi repuesta y yo me debatía entre el si y el no, entre la enterna juventud y la evolución, entre el tiempo y la eternidad, entre aceptarme o no.

Hola Graciela, dije de repente, mirándola a los ojos, sabiendo que en ellos no iba a descubrir nada de aquello que fue. Un plato se hizo añicos detrás de mí; un golpe con una copa y terminó hecho miles de lascas de porcelana por el suelo. Venga chicos recomendó Antolín en un segundo, mientras se dirigía a por una escoba, a ponerse todos los zapatos, que hay cristales en el suelo.

Published in: on marzo 30, 2008 at 8:15 am  Dejar un comentario  
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