Odio

29 de septiembre 2008

Odio esa terrible sensación de saber que ayer justo tenía una estupenda historia que contar y hoy se me esfumó. Me ocuure con bastante frecuencia. Ese momento justo de duermevela cada noche se convierte en tremendamente creativo y surgen decenas de posibles historias, relatos, microcuentos y hasta la estructura, estoy seguro que alguna vez me habrá pasado, de una novela. Pero también es justo ese momento en el que estás tan completamente maltrecho, tan imposible de reanimar, tan apartado de tu yo más consciente, que te dejas arrastrar poco a poco, como en un dulce suicidio de muñecas rajadas en agua tibia -siempre me pareció el suicidio más literario- hasta los brazos de morfeo, que te atrapa, te engulle y no deja que termines de ordenar ese último gérmen de relato que, justo en ese preciso instante, estabas colocando en el estante de las ideas para guardar para el día siguiente (justo cuando me levante por la mañana lo hago), pero vas perdiendo el fulle, y la consciencia, y ya no eres dueño de tí, y te vas, y no vuelves.

Y a la mañana seguiente te levantas tan estresado a las siete, la ducha, los desayunos de los niños -por dios que no llegamos, que se va el autobús- la mancha de mantequilla en la comisura de los labios, y el puto 149 que se está marchando justo en el momento en que llegas con los tres uno a uno en fila india como en el mundo de nunca jamás, y esperas, y llegas al cole por los pelos. Y luego a la oficina y ocho horas que pasan porque el tiempo avanza en una dirección inexorable pero que hay momentos que no sabes por qué se estanca y sales y corres y llegas de nuevo a casa y unanueva historia, y un nuevo reto y la aventura de un nuevo día más que se diferencia del anterior en que es un nuevo día más. Y pasas la prueba y de nuevo te encuentras frente al protátil pensando en esa puta historia que se te ocurrió hace ahora casi 24 horas y que no recuerdas por qué se te ha olvidado si de verdad era tan buena, y ya no puedes hacer nada y no sabes dónde se habrá metido y aunque ya sepas la respuesta te preguntas otra vez, dónde irán los relatos que se fueron perdiendo por el camino.

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Newman 1961

28 de septiembre 2008

– La partida no acabará hasta que el gordo de Minesota lo diga. ¿Ha terminado gordo?

Los dos cruzaban una mirada que escondía una duda. Contraplano del jugador delante de las lámparas bajas de un salón de billar.

– Puedo más que él, amigo. Le he ganado toda la noche y le ganaré todo el día. -cinco segundos infinitos cortaban el aire con una negativa.

-Soy tu mejor adversario, gordo; el mejor de todos. Y aunque perdiera seguiría siendo el mejor.

-Sigue jugando, es carne de cañón -fue la respuesta que todos esperaban.

Aquella noche las palabras sonaban distintas. Todos intentaban contener las lágrimas porque sabían que ya nunca seguiría jugando, que aquella noche todo había acabado para siempre, que ya nunca el buscavidas volvería a representar aquella escena.

Todos sabían que definitivamente, y ya para siempre, la partida parea él había terminado.

Montenegro

27 de septiembre 2008

Cuando despertó, la guadaña aún seguía allí.

Palabras

26 de septiembre 2008

Quería contar lo que sentía pero se le habían agotado las palabras. Los excesos cometidos se las fueron comiendo, las falsas promesas, los vacíos halagos, las poesías sin ala, habían ido borrando una a una, palabra a palabra su diccionario. La pluma enmudeció por desgaste. Y decidió callar, para ver si recuperaba alguna. Después de tantos excesos se vió obligado a mantener silencio.

Pasaron los años y se quedó sin saber qué decir.

Published in: on septiembre 28, 2008 at 12:56 am  Comments (2)  
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Que me quieres

25 de septiembre 2008

Dime que me quieres -le rogaba ella esperando oir una respuesta.

Sólo el eco respondía.

Plumas

24 de septiembre 2008

No podía soportarlo más. Llevaban más de treinta años juntos y todos los aplausos se los llevaba él. El cuervo, algo ya maltrecho de tanto bolo de verano, actuación en viejos antros de carretera y más de una copa furtiva derramada en el fieltro, seguía siendo el centro del espectáculo. Cuando un periódico local ´realizaba un pequeño breve en la sección de actuaciones, no daba para más aquel triste espectáculo, nunca hablaba de él siempre del cuervo. Sus chistes los más atrevidos, los más agudos, los más ingeniosos. Los suyos nunca despertaban un aplauso, y cuando lo hacían siempre era por aquella miradita de desprecio que siempre, inexorablemente en algún momento del espectáculo le brindaba el peludo negro.

No pudo soportarlo más. Las cosas no iban bien, y cada vez eran menos las contrataciones que surgían. Algún viejo amigo que seguía reponiendo espectáculos trasnochados. Las cosas no iban bien; él lo aceptaba,  pero el cuervo no. Creía ser una estrella. Reclamaba su espacio frente a los nuevos cómicos que cada vez más surgían en la televisión y en los grandes teatros de la Principal.

Aquella noche no pudo más. Mentras el pajarraco dormía coió l negra bolsa, donde había dormido noche tras noche en los últimos treinta y cinco años, y la dejó junto al cubo de basura. El pobre cuervo gritaba sin voz mientras el ventrílocuo entraba, sin volver la cabeza, en el hall del hotel donde aquella noche actauaba una vez más.

Amor

23 de septiembre 2008

Estoy seguro que es un cabrón. Que la quiere matar, que la obliga a hacer las cosas que ella no quiere, que cada mañana le dice: puta, si te vas de la lengua te la corto. Parecen felices así, cogiditos de la mano al salir de su casa, con esas niñitas rubias que seguro él le obligó a tener. A la fuerza. Seguro. Él la maltrata y la obliga a hacer como que es feliz para que los vecinos creamos que son una pareja perfecta, que se quieren, que se aman. Pero estoy seguro que esos gritos, en mitad de la noche, que ella intenta ahogar, no son de placer sino de dolor. Se que todo era una farsa, que ella sufría.

Mi amor, mi amor, mi amor, yo quiero lo mejor para tí. No estoy loco, como dicen esas putas de las vecinas. Los médicos me dijeron que ya estaba bien. No, no estoy loco; es que quiero salvarte de este animal. Es un capullo que no te quiere, que no sabe hacerte feliz. Se que me lo agradecerás eternamente. Aunque ahora grites y llores, y me pidas que no mate a las niñas. Y sigas abrazada al cuerpo de ese cabrón que acabo de matar.

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La vida

22 de septiembre 2008

A él le faltaba muy poco para ser feliz, para completar una vida plena. Un buen trabajo, familia, amigos. Una casa con jardín , buen coche, reconocimiento profesional. Pero tenía una obsesión: completar su vida ideal. Y la verdad es que se sentía a punto de lograrlo, aunque ese no llegar no le dejaba disfrutar de lo que ya tenía.

Ella estaba a punto de tocar fondo. Todo se había ido desmoronando en los últimos años. Un despido injustificado tras una tortuosa relación con su jefe, un descalabro económico que le obligo a vender su casa y vivir de alquiler, la muerte de su único hijo en un tonto accidente de fin de semana. Vivía sóla, pero intentaba agarrarse a las pequeñas cosas que seguían dándole felicidad.

Foster Wallace

21 de septiembre 2008

Lo mejor estaba por llegar. Pero había decidido marcharse. Good bye David. See you.

Cumpleaños

20 de septiembre 2008

Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deséamos Leo, …

Se cruzaba los pies por debajo de la mesa. La gente pediente en las velas. Las velas que Leo, siete años, y sus amigos, iban a soplar tan pronto terminase la canción, que ya había escuchado al menos tres veces en su honor ese año en otras tantas ceremonias que nunca parecían satisfacer a su madre, amante de las celebraciones.

Se habían separado hacia cuatro años, pero aún conservaban amigos en común y se veían en alguna que otra fiesta como aquel cumpleaños. Y, claro, también estaba Jara, siete años, fruto del pasado y nexo irrompible entre la pareja. Esa era sin duda la razón de que sus vidas no hubieran tomado caminos completamente contrapuestos después de la separación; tenían, más bien, la sensación de vivir una especie de vías paralelas que intentaban no cruzarse con excesiva frecuencia. Y cuando lo hacían, sólo sexo, nada más.

Se sentían como adolescentes bajo la mesa, en el jardín. Un corro de niños ayudaban a Leo a soplar las velas de una tarta de galleta y dulce de leche argentino. Minutos antes él le había dicho: qué guapa te veo. Y ella no había sabido qué responder.

Jara era íntima de Leo, compartían amigos, salidas de fin de semana, vacaciones y algún que otro cumpleaños. Él era amigo del padre de Leo y ella mantenía relación casi con todos los que se encontraban en el jardín aquella tarde: amigos, compañeros de trabajo y gente relacionada con el mundo de la comunicación.

No se miraban. Aunque sus piernas se acariciaban, arriba abajo, arriba abajo; hacían como que no perdían la atención de aquellas velas azules sobre galleta. En aquel momento se hubieran girado y se hubieran besado, pero había mucha gente. Mucha gente que hablaría. Su separación había sido muy sonada como para andarse ahora con esas tonterías de adolescentes.

Hola mamá, hola papá -se acercó Jara; las piernas se desentrelazaron- me gusta veros felices.

Una mirada de complicidad se cruzó entre ellos. Las velas se apagaron y el jardín se llenó de aplausos. Cada uno pensó su deseo.

Hoy me pregunté

19 de septiembre 2008

Hoy me pregunté cómo pudimos llegar a esto. Cómo nos fuimos dejando caer. Cuándo se rompió así tan poco a poco que no hizo ruido hasta que no cayó. En qué preciso momento hicimos aquello que fue el principio. Cuándo empezó todo. Cómo no nos dimos cuenta antes. Qué fue lo que realmente pasó, que pasó tan despacio y sin hacer daño.

Hoy me pregunté por qué dijiste que ocurrió todo así de un día a otro, que ya no me querías. Pero no encontré la respuesta.

Published in: on septiembre 19, 2008 at 2:44 pm  Dejar un comentario  
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Luciérnaga

18 de septiembre 2008

Necesitaba la oscuridad para brillar. Por eso decidió volver a ser un vulgar gusano.

Explosión

17 de septiembre 2008

No podía quitárselo de la cabeza. Daba vueltas a todo lo que había ocurrido en las últimas horas y no conseguía tomar una decisión. Las imágenes, cada palabra, cada uno de los minutos de los últimos dos días le martilleaban en la cabeza. Seguía conduciendo, los ojos rojos, la tarde roja. La cabeza a punto de estallar.

Fueron apenas cinco segundos. Un reventón. Un tornillo hacía añicos la goma y la cámara de una de las ruedas traseras del coche. 130 kilómetros por hora. Un volantazo, otro, otro, otro. El coche se desplazaba violéntamente a derecha e izquierda mientras ella seguía intentando mantener la dirección. Sin pisar el freno, los pies le temblaban.

Cinco segundos, tal vez alguno más. Eternos. Y el coche se paró finalmente en uno de los arcenes de la carretera. Sabía perfectamente lo que ocurría en estos momentos en el cuerpo: la glándulas adreales segregarían de repente una buena craga de adrenalina, aumentando la glucosa en sangre, la tensión arterial, el ritmo cardíaco, las pupilas, la respiración, estimulando la dopamina en su cerebro.

De repente lo veía todo más claro.

Problema normal

16 de septiembre 2008

Tengo un problema. Bueno, la verdad es que no se si es un problema o no, o simplemente una incomodidad, o una molestia, o ni siquiera eso. Lo cierto es que yo ya me acostumbé a vivir con ello. Soy un tío normal. Sí, ya se que esto a muchos puede no parecerle un problema pero yo es que soy muy normal. No es decir, yo soy normal, ni alto ni bajo ni gordo ni flaco ni feo ni guapo, es que soy un nosoy. O, mejor dicho, un soy como cualquier otro.

Normalmente paso desapercibido siempre. Nadie me ace mucho caso porque no teng, la verda, nunca mucho que contar. Noto que cuando cuento lo que hice ese día, dónde me marché de vacaciones o cómo me va la vida, a la gente le aburre. No lo dicen pero noto como empiezan a abrir la boca en un largo bostezo cotenido, y que desconectan. Y se que piensa: Y a mí qué, y qué me importa lo que me está contando este capullo, o cuándo va a terminar.

Y si, es verdad, nunca encuentro algo interesante que contar. Mis días, mi vida, mi existencia transcurren con una normalidad pasmosa, sin sobresaltos, sin nada excepcional días iguales unos a otros.

Alguna vez la gente me confunden con otro. A tí te he visto antes, verdad? Yo se que no que seguro me están confundiendo con un cualquiera, con un otro cualquiera con una vida tan normal y mediocre como la mía. Con un algo dentro de una masa informe de gente que rellena el mundo, como arezzo barato en una obra de teatro. Gente que estamos para hacer bulto existencial, para que tal vez, se note y destaque más la existencia de la gente no normal.

Me voy acostumbrando a vivir así. En esta no vida que tiene más de rutina y repetición que de aventura como rezan los manuales de autoayuda.

Bueno, la verdad es que no se or qué te estoy contando este rollo. Posiblemente ya estés bostezando y pensando que esto ya te lo han cotado antes. Yo no fui seguro que fue otro tío normal como yo.

Virtual

15 de septiembre 2008

Hablaban cada noche. Una webcam, un teclado y muchas horas conectados a Internet. Cada uno aparentaba una vida que no era suya; pero ambos se la creían a fuerza de haberla repetido. Se conectaban y representaban aquel papel. Nunca se les ocurrió ir más allá. La realidad detrás de la pantalla perdía mucho.

Published in: on septiembre 15, 2008 at 12:38 am  Comments (1)  
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Un año sin BsAs

7 de septiembre 2008

Había pasado un año justo desde aquel viaje a Buenos Aires. Se juró volver a la ciudad en el menor tiempo posible pero ya habían pasado doce meses y estaba en Madrid. No pudo contenerse buscó el exto que escribió como despedida de aquella ciudad hacía apenas un año; quería refresacarse el juramento:

“Aún no salí y ya la extraño. Se me pegó el empalagoso, empalagoso -como dulce de leche- acento  argentino. Un café chiquito, agua con gas y una facturita. Me voy como llegué, sin querer molestar, bebiendo a traguitos cortos el aroma de esta ciudad que huele a mar, en un sábado celeste y blanco: niebla de leche en San Telmo, bajo un cielo azul radiante.

Como las firmas rayadas a punzón en la barra del café Dorrego se me amontonan imágenes de la ciudad. Palermo viejo, Florida y la torre del Yach Club; un kiosko que vende nada y de todo, Recoleta y un carro a caballo cruzando Uribe. El majestuoso Cavanagh, con su historia de miserias y esplendores, y el fluss,
fluss, fluss del colectivo Corrientes arriba. Ciudad frenética, de carreras de coches y marabuntas en Mayo. “No se puede hacer más lento”. Una jauría de perros arrastran a un paseador por los bosques de Palermo mientras un piquetero grita: Asamblea, asamblea, en Cortázar. “Yo tengo un cuñado en Coruña…”  -habla
sin parar un taxista, mientras me relata de carrera y en tres minutos la filmografía completa de sus grandes del cine. Hipódromo, MALBA y Club de Polo. Y un toro con cuernos en el parque de la República de Irán. Lemar mira como un faro gigante la ciudad. Taxi-boys en Alvear, putas baratas anunciadas en las
cabinas de Telefónica y señoras de visón y mechas en Belgrano. Patios de ladrillo y cal y cristales hacia el cielo de Puerto Madero. La banda del Regimiento de Patricios. Argentina Design, el Soho, Catalano y una vaca de colores escondida en una esquina. Ciudad de esplendores art-decó y un millón de mierdas de perro. (Tenía que decirlo, pisé tres en dos días). Resuenan mil voces con ese dulce arrastre en la palabra de la flaca argentina incombustible que habla sin respirar. Novecento, mozarella con morrón y Cumbre las Hormigas. Menudo líquido. Turistas a reventar en las galerías de arte de San Telmo, mientras Gardel sonríe en un sobrecillo de azúcar. Costanera -hecha de tripas de ciudad-, Lavalle, Boca y Caballito. El Bajo, 7 de julio y un caminito de cartón piedra.

Me enamoré de este cachito del mundo. ¿Por qué?, ¿qué te gustó de esta ciudad? No se, joder, me enamoré como te enamoras del primera amor. Como te enamoraste una vez de aquella chica que bizqueaba un ojo al hablar, pero tú, tan feliz. ¡Qué ojos tan bonitos! -pensabas como un tonto sin darte cuenta de que tus amigos se partían de la risa. Me enamoré como un tonto de Buenos Aires: de su grandeza exhuberante y su detalle diminuto. Sólo 5 días y es como si la hubiera conocido de toda la vida. No se puede hacer más lento.

Volveré.

Volveré, me repito, mientras devoro entre mocos un alfajor de chocolate para que no se me rompa el corazón.

BsAs, primero de septiembre de 2007

PD.- La niebla se va comiendo la ciudad, como en un sueño, mientras yo parto hacia Ezeiza.”

Enrollado

6 de septiembre 2008

Se había ido enrrollando tanto en la vida que la mentira formaba ya una dura madeja. Las medias verdades y mentiras piadosas habían ido superponiéndose unas sobre otras y apretaban tanto que era imposible sacar una sin romper todo el cordel. Realmente en ese momento no sabía muy bien quién realmente era ya que en el último tiempo habían empezdo a tomar la costumbre de mentir sobre antiguas mentiras; es decir, se inventaba nuevas mentiras para no contar otras que de tanto repetirlas habían empezado a pensar que eran verdades. No sabía cómo salir de allí, seguía tejiendo y tejiendo una bola mayor. Pero se engañaba haciéndose creer que nada pasaba.

Published in: on septiembre 13, 2008 at 12:26 am  Comments (1)  
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ooki ni

5 de septiembre 2008

Soñaba. Tenía catorce años; casi quince.

Sentado en las rocas del muelle fundía el mar de Tarifa con sus sueños. Salía del puerto alumbrado por la tenue luz del faro, dejaba la tierra atrás entre las movidas corrientes del estrecho. La isla de las Palomas, Casa Porro, Paloma Baja, el Santiscal, Alanterra, Zahara,… Cádiz; ante él el gran océano. Tres mil millas le separaban de Sant John’s en la isla de Newfoundland. Seguiría hacía el norte, hacia las tierras frías y atravesaría el hielo de Balfin hasta Beaufort casi sin darse cuenta hasta el estrecho paso de Bering. La anhelada tierra frente a él.

Sentado en una de las islas del Kyoko-chi observaba el reflejo del pabellón dorado. Una ráfaga de viento de Tarifa corría por el cielo de Kyoto.

Sueño

4 de septiembre 2008

“Al día siguiente soñaría con cinco cocodrilos en bicicleta”

Se le había escapado la frase sin saber cómo. Estaba cansado y no sabía lo que escribía a aquellas horas de la noche; ¿de dónde habrían salido aquellas palabras?. Sin duda lo había hecho él, pero no tenía ni idea por qué.

Estaba demasiado cansado para saber qué había originado dentro de él esa combinación de cocodrilos. Había dormido menos de cinco horas y empezaba a confundir lo qu escribía. Se quedó dormido sobre el portátil y soñó que era un escritor dadaista.

Césped

3 de septiembre 2008

Costaba apaciblemente el césped. Sí. Esa podía haber sido la descripción más realista de la estampa, para alguien que pasease justo en ese momento junto a su jardín y lo viese. Pafrecía que disfrutaba de aquella tarea y que no existía nada más alrededor. Las ruedas confort con desplazamiento especial lograban un desplazamiento suave. Unos cuarenta milímetros de cesped Ray Grass bastante maduro, plantado hacía por lo menos diez años. Utilizaba una helicoidal HD-340, último grito, para reemplazar a su antigua máquina rotativa, incapaz de cortad el césped a menos de dos centimétros de altura. La verdad es que nunca le gustó elcésped por debajo de los dos centímetros, pero le reconfortaba la idea de saber que tenía la mejor cortadora de césped del mercado. Utilizaba un motor de cuatro tiempos, con compartimentos separados para el aceite y el agua y se pasaba casi media hora revisando los niveles de ambos.

Podía pasarse así toda la mañana. Primero rasuraba con esmero el césped, afeitataba los viejos setos y quitaba siempre al final, justo antes de pasar el rastrillo para recoger todo, la hojarasca de los árboles grandes de la parte trasera.

Normalemnete ocupaba tres horas en la tarea pero hoy llevaba casi cuatro.

Parecía que disfrutaba con esa tarea. Parecía. Para alguien que pasease justo en ese momento cerca de él. Pero que no supiera nada más. El resto sabíamos que pasaba tantas horas en el jardín para mantener la cabeza ocupada en algo. Para no pensar en lo otro.

La llave

2 de septiembre 2008

Fue poco a poco; a lo largo de muchos años. Pero cuando se dió cuenta que se encontraba completamente encerrado en si mismo ya era tarde para recordar dónde había dejado la llave.

El señor y la señora González

1 de septiembre 2008

Nunca supe por qué el señor y la señora González siempre parecían tristes. Vivían dos casas abajo de la de mis padres y los único en la urbanización que no hacían fiestas de cumpleaños en el jardín. El resto de vecinos eran parejas jóvenes, de más o menos la quinta de mis padres, con una media de tres o cuatro niños.

El señor y la señora González siempre andaban despacito, mirando hacia el suelo, como intentando salvar algo que no existía. Salían al atardecer y daban una vuelta por la parte alta, sin hablar, sin casi mirarse. Cogidos de la mano. Parecía que se querían, pero no hacían ninguna muestra en público.

Cuando pasaban cerca saludaban con una voz suave, como salida de algún sitio a kilómetros de allí. Por pura cortesía. Se notaba que vivían en otro mundo.

No tenían coche y cada martes dos chicos del super les traían la compra del super. Su compañía se limitaba a esa.

La verdad es que el señor y la señora González daban un poco de miedo e intentábamos evitar el cruzar ºfrente a su jardín. Los niños decían que cocinaban los gatos que desparecían de los jardines, y que tenían encerrados en casa a dos niños en unas pequeñas jaulas. Me pasé media infancia inventando historias sobre aquella pareja.

Y de repente me olvidé de ellos.

Han pasado casi treinta años de aquello y hoy viendo unas fotos en casa de mi madre me los encontré casi sin querer; era una vieja fotografía realizada con Polaroid, de colores excesivamente saturados: yo aparecía en una bicicleta frente a la cámara de mi padre y ellos aparecían de soslayo detrás de un arbusto posiblemente en el comienzo de uno de aquellos paseos vespertinos. Y mi madre me contó todo. Lo del bebé, una niña, lo del accidente, el coche, la muerte, la tristeza eterna. Murieron los dos juntos, una tarde, justo después de uno de sus paseos. Por primera vez vi al señor y la señora González sin miedo.

Published in: on septiembre 11, 2008 at 7:53 pm  Comments (1)  
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Encontrarse

31 de agosto 2008

No supe realmente qué me hubiera gustado hacer en la vida hasta el día de mi muerte. De repente aquel día me levanté sabiendo a qué quería dedicarme el resto de mis días, aunque todavía no sabía que no llegaría a la noche.

Published in: on septiembre 11, 2008 at 7:32 am  Comments (2)  
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Sísifo

30 de agosto 2008

Cada jornada malgastaba, al menos dos horas intentando recuperar el tiempo perdido. No conseguía ponerse al día.

El hilo común

29 de agosto 2008

La comida es un hilo común. La comida une a todos. Centenares de mesas enfiladas acogían a la hora de la cena a miles de habitantes de aquella Unidad Especial; la número 342. La comida une, era una de las enseñanzas del Comisario General. Comían una especie de crema de patatas con garbanzos; pequeñas bolitas de proteina sobre una base de hidratos de carbono. Todo procedía de la Despensa Base, donde cada mañana llegaban los envíos de la unidad experimental GC-11. Las bolitas de proteina sintética, con forma casi de garbanzo pero técnica y químicamente superior.

Los residentes de la Unidad especial 342 comían en silencio, mientras sonaba de fondo música clásica del XXI. La comida une, era la consigina. Y así lo recordaban unos grandes letreros sobre las mesas a la altura del segundo nivel. La comida es el hilo común, habían sido las palabras textuales del Comisario general y el origen de aquellos gigantescos comedores comunales. En la sala el silencio era sepulcral, tan sólo un pequeño tintineo de cubiertos y jugos gástricos.

El escondite

28 de agosto 2008

Fue casi de casualidad. Ya andaba en otras cosas cuando de repente lo ví asomando una frasecilla por debajo de aquel mueble: “olía a pvc, como huelen los flotadores recién abiertos de verano”. Miré debajo de las patas de aquel viejo mueble y lo recordé. Era uno de aquellos viejos cuentos olvidados, uno de esos embriones que terminaron , sin saber cómo, perdidos en el olvido. Me ocurría con cierta frecuencia, que iba perdiendo cuentos por cualquier sitio. Nacían mientras andaba por la calle, mientras iba en metro o intentaba cojer el sueño en la cama; y siempre ocurría lo mismo: juraba no olvidarlos al día siguiente, correr a la primera oportunidad a tomar unas notas sobre papel. Siempre decía: que no se me olvide, no puedo dejarlo; a la primera que pueda lo escribo. Pero siempre también ocurría lo mismo: terminaban olvidados. En cualquier parte.

Y estaba a punto de descubrir dónde iban aquellos cuentos perdidos. Me agaché para ver más de cerca de dónde procedía aquella frase que se asomaba bajo el mueble y descubría que salía de un pequeño agujero de la pared. Retiré los muebles y acerqué una luz para ver qué había dentro de aquella pequeña cavidad. Sorprendente. En una especie de habitación contigua a la del salón se extendía hasta no se muy bien dónde y estaba repleta de infinidad de relatos olvidados. Se me escapaban las lágrimas al recordar pequeños escritos de la infancia, poemas de amor de adolescencia y alguna que otra vivencia de no hacía mucho. Había decenas. Decenas de relatos que en algún momento imaginé y que nunca se convirtieron en cuento. Todos habían terminado en aquel lugar, recogidos por los tiempos de los tiempos. Decenas de cuentos y  algún calcetín desparejado.

Hoy me he dicho: que no se me olvide, no puedo dejarlo; a la primera que pueda lo escribo.

Inmortalidad

27 de agosto 2008

Creyó siempre en la inmortalidad. Hasta el día en el que murió.

Llover

26 de agosto 2008

Y un día empezó a llover. Fue una de esas cosas que no esperas: la gente no había preparado las puertas, como solía hacer cuando se avecinaba lluvia, con un paño arrugado ajustado en los quicios para impedir la entrada de barro, ni habían sacado la ropa de invierno de los baúles con naftalina. A las mozas casaderas les pilló aquella lluvia de mitad de verano con los hombros descubiertos y falditas por encima de la rodilla, con pamelas para el sol y zapatillitas de esparto. Corrían como locas para las casas.

En menos de quince minutos el pueblo entero achicaba agua de los zaguanes. Cubas, cubitas, botellas y una escupidera. Sacaban agua de las casas y la arrojaban calle abajo. “Agua va”, a alguien se le ocurrió anunciar. Y vino agua. Durante diecisiete años y ciento cuarenta y cinco noches. Sin parar, como si se hubiera roto alqo allí arriba por donde se escapase el agua de las nubes. Día y noche. Caía a malsalva, no dejando ni un sólo centímetro de aquel, en otro momento, seco pueblo. Y la gente se acostumbró; dejaron de habitar las partes bajas de las casas, en las que dejaban amarradas las barcas de madera, construídas con lo que en otro tiempo fueran carromatos para transportar el trigo y la cebada, cambiaron las fustas por los remos y fueron adoptando como parte de su vida infinidad de pequeños gestos en su cotidianeidad diaria. Los niños se levantaban a media noche y vaciaban, antesde hacer pis, las bacinillas colocadas estratégicamente para recoger el agua de las goteras de los tejados, los hombres cogían las palas, que empezaron a llamar justo en aquel momento palas de agua, y se hacían hueco entre los barrizales del campo, apartando agua por pequeños canales que cruzaban ahora, como una interminable tela de araña los sembrados y las mujeres dejaron, por absurdo de secar bacalao y tomates y cambiaron la gastronomía hacía los pucheros, las albóndigas en salsa y el arroz caldoso. Llovía y llovía. Sin descanso, como en una máquina infinita de llorar celestial. Llovia en las calles y en el campo, en las casas y en la iglesia -donde por cierto cambiaron, con cierto mosqueo teológico del señor párroco, el nombre de Nuestra Señora del Arroyo Seco por Virgen del Carmen, a secas -un decir- para sacarla cada 15 de agosto en barca rodeada de feligreses-. La gente se acostumbró a aquel verdín sempiterno en los tobillos, como parte de sus pieles.

Y un día paró de llover. Así, sin avisar. Y a las mozas casaderas, las hijas de las hijas de aquellas otras, aquel momento les pilló con las botas catiuscas, …

Published in: on septiembre 7, 2008 at 9:24 am  Dejar un comentario  
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Happy end

25 de agosto 2008

Érase que se era, en un país muy muy lejano, una pareja de perdices tremendamente desdichadas. Una malvada bruja peruja les había convertido en periquitos de colores. Y claro, que digan lo que quieran los amantes del australiano periquito, pero donde se ponga una faisánida que se quite el colorín menudo del periquito. La verdad es que, fuere como fuere, aquellos pequeños periquitos-perdices querían volver a su estado primigenio por lo que surcaron medio mundo en busca de una receta que acabase con aquel embrujo brujo. Y lo consiguieron. Llegaron a una región interior del pais de cuento en cuestión y encontraron el antídoto a sus males. Se llamaban “Felices” unas pastillitas pequeñas, de color rosa pastilla, que tenían un curioso regusto a chicle de fresa. Y nada más. Comieron Felices y fueron perdices.