Sirenas y ranas

14 de enero 2008

El otro día me cayó una sirena del cielo. Caía una tormenta tremenda y circulaba en una carretera casi desierta paralela a la interestatal, observando como los rayos se clavaban en las montañas de hierro al frente. Circulaba a escasos veinte kilómetros hora cuando se precipitó sobre el capó del coche: la más bella sirena que jamás pude imaginar, de largos y ondulados cabellos y doradas escamas. Desde entonces vive conmigo en casa. Hoy he leído que debido a nosequé efecto de corrientes de aire y humedad hay otra gente a la que le llueven en plena calle o se le estrellan en el parabrisas rana de casi un kilo. Noshemos mirado y no hemos podido contener una carcajada.

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Agua

28 de octubre 2008

De nuevo comienza a llover. El agua en pocos segundos me llega a los tobillos. Siento el frío que va adentrándose poco a poco hasta rozar mi piel. Sube por las pantorrillas en una dulce cosquilla de invierno. Avanza rápidamente, vorazmente. Una lengua que se desplaza por mi piel humedeciendo cada poro en esa subida por mi cintura, el abdomen, el torso. Lanzo un alarido, no se si de placer o de miedo, cuando el agua asciende por mi espalda en dirección al cuello. Se que queda poco para que deje de llover, aunque el agua ya está en mi cuello y me acaricia la barbilla. Cierro la boca y respiro por la nariz; es un juego que se que no podrá durar más que unos segundos hasta que el nivel toque la punta de mi nariz. Y entonces, realmente, empezaré a temblar, pensando que tal vez esta noche no deje de llover, que tal vez hoy se retrase unos minutos y ya no haya marcha atrás. Es justo en este momento cuando paso miedo y olvido que, como cada noche, como en los últimos cuatro millones de años, la lluvia parará y de nuevo volverá a bajar, suavemente, por donde subió, en una larga y húmeda caricia.

Pecados

23 de octubre 2008

Llueve con rabia en la ciudad. Y las gotas estallan con más rabia sobre la calle. Parecen como si quisieran borrar algo. Borran con furia los pecados de la ciudad, y se llevan por delante la lujuria desordenada e incontrolable de os amantes en los portales, la gula del exceso de la noche, los grandes banquetes y las mesas engalanadas del señor alcalde. Las gotas que estallan en las aceras barren con el deseo de dinero y riqueza excesiva, y con ellos corren la economía de mercado, el capitalismo y el consumismo. El agua se lleva también el olvido, la tristeza y la pereza; fuera depresiones. Con ellos y dejándose llevar por los regueros que forma la lluvia en el asfalto corren paralelos la ira, el enfado, la violencia y los deseos de venganza. Corren hacia las alcantarillas el deseo de poseer y con él el de privar. La envidia tiñe de verde la corriente. Corren los pecados por las calles con soberbia y orgullo sin saber que terminarán en las alcantarillas.

LLueve con fuerza. A la mañana siguiente la ciudad parecerá más limpia.

Agujeros

22 de octubre 2008

Fueron caer las primeras gotas de lluvia y comenzaron a correr pequeños regueros de agua por la calle. Las gotas se estrellaban contra los adoquines, plaff, plaff, y se deshacían en miles de pequeñitas moléculas hídricas. La gente sacaba los paraguas y empezaba a correr -es absurdo lo que la gente corre cuando llueve, yo creo que cuanto más rápido vas más gotas te tocan-. Pero bueno, la cuestión es que empezó a llover así de pronto, brooom, los truenos tronaban por doquier y los rayos rayeaban segundos antes. Se formaron pequeños riachuelos por el asfalto que iban desembocando los unos en los otros, formando corrientes de afluentes, subafluentes, corrientes principales y secundarias, hasta formar pequeños charcos, como metálicos topos repartidos sin mucho concierto.

La cuestión es que en la calle en cuestión se cruzaron los elmentos en cuestión produciendo un raro fenómeno que hizo que uno de esos pequeños laguitos se convirtiera en otra cosa. Por más vueltas que le doy no se cómo se le podría denominar a aquella mancha de, más o menos, metro de diámetro y escasamente un centímetro de profundidad; llamémosle charco. Charco raro aparentemente normal. Una figura atravesaba a paso ligero la calle sin prestar especial atención a la lluvia; llamémosle personaje principal ensimismado. Y fue algo realmente sorprendente. Y digo sorprendente porque a mí me dejó con la boca abierta y creo que, aparte de él, fui el único testigo presencial de lo que allí ocurrió: El personaje principal ensimismado pisó, o introdució el pié en el charco grande que se había formado justo en la mitad de la calle, y fue visto y no visto. Como por arte de magia el señor fue engullido -literalmente- por aquel charco de agua. Llamémosle a causa de un raro fenómeno espacio-tiempo-hídrico. Desapareció. Completamente.

Al día siguiente, cuando su familia pudo dar fe de la desaparición real del pobre señor, se montaron los Dispositivos Especiales. Efectivos de la Unidad de Dispositivos Especiales rastrearon hasta el último rincón de la ciudad intentando en vano -y digo en vano porque aunque la intención y el esfuerzo era meritorio, poco podían hacer en superficie- encontrar el cuerpo vivo o muerto del vecino. Tras 21 días de duro esfuerzo, de retratos robots y de haber inundado el barrio con la foto del afable señor ensimismado, la dotación especial del cuerpo de Dispositivos Especiales de la Villa dieron por acabadas las investigaciones y abandonaron la búsqueda. Abrieron una ficha tipo del registro de personasdesaparecidasynoencontradas

Cuentan que apareció, así también de repente, 67 días más tarde en una calle desierta justo después de un gran chaparrón. Un poco confuso según parece.

Llueve en la plataforma

14 de octubre 2008

Vuelve a llover. El aire y el agua baten los cristales. Abro la puerta con dificultad ya que el aire me empuja. Me quedo hipnotizado otra noche. Clavado en las luces encendidas de una plataforma petrolífera en el horizonte. No me doy cuenta pero me estoy empapando.

Llueve

7 de octubre 2008

Llueve,

Una pareja de novios corre a prisa intentando resguardarse en el zaguán.

en la ciudad llueve,

El chino de la esquina guarda los bocadillos que se humedecen, sin bocas hambrientas en una fría noche de jueves. Puto negocio.

sobre los vidrios llueve,

Juan llega cansado a casa. Un día negro de trabajo. Mejor borrarlo. Un gintonic en casa y a dormir.

encima de las cabezas llueve,

La furgoneta de los gitanos recoge jierro enmohecido.

lluvia que moja la ciudad,

Antonio barre la puerta y echa el cierre al bar. No se dio mal la noche, aunque el partido fue una mierda.

a todos por igual,

Corro calle abajo, y no se por qué, me gusta esa sensación del agua corriendo por mis orejas.

llueve.

Published in: on octubre 9, 2008 at 12:25 am  Comments (1)  
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Llover

26 de agosto 2008

Y un día empezó a llover. Fue una de esas cosas que no esperas: la gente no había preparado las puertas, como solía hacer cuando se avecinaba lluvia, con un paño arrugado ajustado en los quicios para impedir la entrada de barro, ni habían sacado la ropa de invierno de los baúles con naftalina. A las mozas casaderas les pilló aquella lluvia de mitad de verano con los hombros descubiertos y falditas por encima de la rodilla, con pamelas para el sol y zapatillitas de esparto. Corrían como locas para las casas.

En menos de quince minutos el pueblo entero achicaba agua de los zaguanes. Cubas, cubitas, botellas y una escupidera. Sacaban agua de las casas y la arrojaban calle abajo. “Agua va”, a alguien se le ocurrió anunciar. Y vino agua. Durante diecisiete años y ciento cuarenta y cinco noches. Sin parar, como si se hubiera roto alqo allí arriba por donde se escapase el agua de las nubes. Día y noche. Caía a malsalva, no dejando ni un sólo centímetro de aquel, en otro momento, seco pueblo. Y la gente se acostumbró; dejaron de habitar las partes bajas de las casas, en las que dejaban amarradas las barcas de madera, construídas con lo que en otro tiempo fueran carromatos para transportar el trigo y la cebada, cambiaron las fustas por los remos y fueron adoptando como parte de su vida infinidad de pequeños gestos en su cotidianeidad diaria. Los niños se levantaban a media noche y vaciaban, antesde hacer pis, las bacinillas colocadas estratégicamente para recoger el agua de las goteras de los tejados, los hombres cogían las palas, que empezaron a llamar justo en aquel momento palas de agua, y se hacían hueco entre los barrizales del campo, apartando agua por pequeños canales que cruzaban ahora, como una interminable tela de araña los sembrados y las mujeres dejaron, por absurdo de secar bacalao y tomates y cambiaron la gastronomía hacía los pucheros, las albóndigas en salsa y el arroz caldoso. Llovía y llovía. Sin descanso, como en una máquina infinita de llorar celestial. Llovia en las calles y en el campo, en las casas y en la iglesia -donde por cierto cambiaron, con cierto mosqueo teológico del señor párroco, el nombre de Nuestra Señora del Arroyo Seco por Virgen del Carmen, a secas -un decir- para sacarla cada 15 de agosto en barca rodeada de feligreses-. La gente se acostumbró a aquel verdín sempiterno en los tobillos, como parte de sus pieles.

Y un día paró de llover. Así, sin avisar. Y a las mozas casaderas, las hijas de las hijas de aquellas otras, aquel momento les pilló con las botas catiuscas, …

Published in: on septiembre 7, 2008 at 9:24 am  Dejar un comentario  
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Arrugas en Brooklyn

23 de junio 2008

Veía llover sobre los cristales de la ventana. La única ventana en su apartamento  de Franklin Street. Llovía a mares. Buscó una toalla para ponerla bajo el marco de la ventana. El granizo golpeaba contra el cristal y en agua empezaba a calar. A través de la lluvia el semáforo con la Sexta cambiaba rítmicamente rojo, naranja, verde. Coches, que paraban conteniendo el rugido de sus motores, bajo un gran cartel que tapaba una mediana en el viejo barrio. “Fruits now comes with attitude”. Rojo, naranja, verde. Rojo, naranja y verde. En intermitencias sobre su cara, que ahora se reflejaba en la ventana como en un espejo. Por primera vez tuvo constancia de las arrugas de su cara.