An experiment!

17 de febrero 2009

La verdad es que no se por qué salí. No entendía un carajo lo que aquel escocés decía -pensaba que no había nada peor que un australiano; me equivocaba- hablando de liderazgo, de los cinco escalones, o cinco fases, o cinco nosequé -tal vez hablaba de otra cosa y no me estaba enterando. Sí, eso es verdad, no me estaba enterando nada de aquella sesión; me dormía literalmente, después de un día duro de cifras, inversiones, retornos, gráficas y prospecciones a cinco años. Era eso que llamaban un external speaker y podía haber estado bien, sino fuera porque era escocés. Y porque llevaba ya dos días en mitad de ningún sitio, en una especie de castillo perdido en un lago en la mitad de Holanda, aguantando una media de ocho sesiones por día, de sol a sol. O tal vez debería decir de nublado en nublado; menos 5 grados y un 95 por ciento de humedad en el ambiente.

La cosa es que pidió voluntarios. Acercó tres sillas al centro de la sala y pidió tres voluntarios. Let me make an experiment! Y me levanté; me dije: qué carajo haces levantándote si no tienes ni idea de lo que habla este tipo. Pero, no se si por el cansancio o para evitar caer profundamente en letargo, levanté la mano y me acerqué a las sillas. No me acuerdo qué me dijo, tan sólo que al final acabé con un paquete de Toblerone como premio.

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Plantación de bulbillos

13 de octubre 2008

Sin duda había aprendido una profesión, como le aconsejó su padre antes de salir de Powizd. Pero la verdad no tenía muy claro si la plantación de bulbillos era la profesión que le gustaría seguir el resto de su vida. Habían pasado casi dos años desde aquel otro otoño cuando llegara a Noordwijk casi a la aventura, con cuarenta euros arrugados en el bolsillo y pocas palabras en holandés, más allá del Dag o Goeiemiddag. Se lo recordaba contínuamente, para apreciar lo que tenía, un trabajo decente, no como el de otros que llegaron con él, unos ingresos que le permitían alojamiento, comer, algún que otro vicio y el envío de unos cuantos euros a casa.

Sabía la diferencia entre los distintos tipos de bulbos, casi sólo por el tacto, lo básico de la plantación en bancadas en las arenosas tierras de las landas, 30 centímetros entre las cuatro líneas y 2 en la misma línea. Había conseguido que el jefe confiase plenamente en él y le dejase manejar aquel tractor rosado cargado de bulbos, y eso le hacía sentirse bien.

Miraba a lo lejos, la vista se perdía en el horizonte. En enero comenzarían a florecer los primeros botones en el Blloembollenstreek, pero no sería hasta bien adentrado abril cuando inundasen todo alrededor en el espectáculo de flores más bonito del mundo. Era justo en aquel momento cuando le hubiera gustado que su padre estuviera allí para observarle.

Wall Street

2 de octubre 2008

La blackberry no había dejado de sonar todo el día. Aquella semana había empezado mal y no tenía intención de terminar mejor. El crack de los mercados al otro lado del charco se dejaba sentir, y sabía que tarde o temprano pasaría factura. A él se le había acumulado todo en los últimos dos días: el cierre en el Ibex de 15 puntos a la baja de su compañía provocaba una reacción en cadena de ventas, compras, reuniones del Consejo, decisiones que ene último momento se echaban atrás, análisis y contranálisis. En los últimos cinco días llevaba una media de tres horas de sueño. Había cogido cuatro aviones y cerrado operaciones in extremis para intentar salvar a la desesperada a la empresa que le había contratado ocho años atrás recién salido de su MBA fulltime en una prestigiosa escuela de negocios europea.

Era de Valladolid, de un pequeño pueblo de valladolid. Su padre, contable en una pyme cárnica. Él había querido demostrar hasta dónde podía llegar: el mejor en su promoción, contratado recién salía de la escuela y un currículo de acciones y operaciones bursátiles realmente envidiable. Siempre se había sentido orgulloso de si mismo y de su carrera. Era un triunfador.

Pero hoy se lo planteaba todo. La caída de mercados había arrastrado algo más. Empezaba a no gustarle aquel mundo que había ido creando y que ahora le engullía. Se cuestionaba si valía la pena el esfuerzo, si tenía sentido aquello. Eran las cuatro de la madrugada, y con una taza de café sólo revisaba los últimos informes y el cierre de los mercado. Sabía que el día siguiente no sería mejor.