Montenegro

27 de septiembre 2008

Cuando despertó, la guadaña aún seguía allí.

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Acelga cocida

27 de marzo

La casa apestaba a acelga cocida. Si, es cierto, tampoco era un olor muy desagradable, pero las paredes tenían ya la pátina de cientos de cocimientos. A ella le gustaban para cenar y en algún libro había leído maravillas de sus cualidades depurativas. Depurada. Esa era la palabra. O consumida. A sus 87 y medio -tenía esa costumbre de contar los medios- había llegado a un punto de consumo personal y físico que impresionaba. Los huesos parecían salirle por las juntas y daba a la ropa un arpecto de percha con pellejos oreando. Ella, sin embargo, se sentía bien. Ninguna enfermedad grave y unas piernas que aún le permitían bajar a la compra. Poco más. Sus salidas, se limitaban a la tienda y la frutería de la esquina. Se acabaron aquellos años de meriendas de churros con amigas en la Gran Vía. Se habían ido muriendo casi todas. Sencillamente. Y las que quedaban o estaban locas o en el asilo. Al menos ella era libre, tenía su casa, una pequeña pensión de viuda y nadie que la molestara. Hijos nunca tuvo y si le quedaba algún familiar era de una rama tan alejada que se habría perdido ya. ¿Qué va a quedar de esta familia cuando yo me vaya?, le repetía a la foto de un caniche blanco sobre la mesa. Muerto hacía más de veinte años. El caniche. Aunque ella le hablaba como si todavía viviera, en un tono infantil y dulce. Hacía años solía ir al cementerio a hablar con su marido. Pero un día se dijo: esto hay que enterrarlo; y no volvió más. Fue entonces cuando comenzó a hablarle al marco de plata del salón.

Lo cierto es que no sólo hablaba con el perro, hablaba con el album de fotos, con la colección de porcelanas de saldo y con las decenas de muñecas de pelo polvoriento que inundaban la casa. Consigo misma, cuando estaba huraña. Y con la tele: tu si que eres una buena amiga, siempre ahí; y lo que me ayudas y me entretienes. 24 horas encendida. Se había acostumbrado a su rumor bajito y le parecía casi que la mataba al apagarla por la noche.  Al hacerlo le recorría un escalofrío: ¿volverá a encenderse al día sigueinte?

Esa noche había cenado, una vez más, acelgas y se había quedado hasta tarde viendo uno de esos programas del corazón de sentiminetos de cartón piedra y lágrima comprada al peso. Hacía frío. La sensación en la casa era aún más desapacible por la humedad que subía por las paredes. Sin darse cuenta se había quedado dormida en algún momento en que una cualquiera despechada relataba las penurias pasadas con su exnovio torero. Ahora la pantalla se había convertido en el reino del tarot y la adivinación y proyectaba sobre las paredes sombras fantasmales. No volvería a apagarla.

Published in: on marzo 28, 2008 at 6:16 am  Dejar un comentario  
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Líneas paralelas

26 Marzo 2008

Noches de vino y jazz rezaba la invitación. Un extraño maridaje entre una presentación de un vino cosecha familiar y una bigband en un cuasitugurio cercano a Gran Vía con aires de esplendor art decó y camareros empalagosos. Mari Ángeles, ingeniera convertida a la alquimia de la vid, presentaba el Vihucas edición limitada a la vez que orquestaba una cata de las de paratodoslospúblicos. Primera botella y la banda de Santigo de la Muela comenzaba a ritmo de swing. Dum, dum, dum, piripiiiii, turumtu dan, dum dum dum. Una veintena de negro entre trombas, trompetas, saxos y la sección de ritmo. Blancos de negro. Todas las cosas no son lo que parecen. All the things guaraguaraguara. Traducción simultánea al micro intimidado por la dimesión de sus colegas de ruidos. Tiripa, taratarata. Aplausos tras los solos. 27 malocos de mediosiglo por barba hablando de vivienda comunal, urbanismo, ecología y la Comuna Número Uno alemana. La suya, la Maloca, especie de proyecto ideológico de los noventa, de 600 metros para 27, era una especie de neocomuna en la playa. Un bioarquitecto, un catedrático de Filosofía y un experto en protoma. Dum dum dum durum durum dum dum dum, contrabajo. Ritmos brasileños, composición de de la Muela, notario por obligación y maestro de ceremonias. Y más aplausos. Aplausos de nuevo tras los solos. Más aplausos. Sin orden, ni concierto. Las manos. La banda en equilibrado desorden. Una nueva botella de Vihuca. Una trombonista alemana le daba a la vara. Las conversaciones giraban como las cabezas entre jazz, tertulias semanales y bodegas de Uclés. Hollejos y pepitas, y alguna hojuela descarriada. Cada cual con su vida. Astrigencia en la lengua. Corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas garabateando el rayado. Parapaaaa. Solo de Jonhatan a la tropeta, mientras apuraban la segunda botella. De nuevo aplausos como un multiorgasmo. taratum, taratu, taratum, chasss.

Por un momento se sintió arrastrado por la tronadora sección de viento de la bigband en el Cafe jazz Berlín. Unos segundos ifinitos de sueño musical. Cambio de clave. Unos segundos en los que se olvidó por completo de si mismo, de su úlcera de estómago, de las ganas de vomitar con las que entró en el local tres horas antes y del mal trago que había pasado ese día despidiendo a una amiga en el trabajo. Cerró los ojos y se dejó llevar por la lineas paralelas.

Published in: on marzo 27, 2008 at 1:33 am  Comments (3)  
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