Amor comunista

3 de marzo 2008

Yo tuve un novio comunista.

Le dejé por posesivo.

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Paisaje con playa y esquimal III (café con hielo)

10 de febrero 2009

Podía haberle dicho que aquello se había enfriado, que ya no funcionaba y que necesitaba tiempo para encontrarse y pensar qué hacer con su vida.

Le podía haber dado la típica excusa de otra persona que le daba aquello que en ella no encontraba y le hacía despertar sonriendo cada mañana.

Podía haberle pedido una reflexión como las que hacían en terapia de pareja sobre qué esperaban cada uno de aquella relación, qué no les gustaba del otro o dónde creían que podían cambiar.

Podía haberle dicho que, después de aquellos cinco años, se había dado cuenta que ella no era lo que creyó que podía ser, que eran incompatibles y que se había equivocado.

Le hubiese dolido, hubiera llorado, maldecido o gritado; le habría pedido seguro una segunda oportunidad o se habría tirado a sus pies en una patética escena pidiéndole perdón y ofreciéndole un cambio. Pero no. Se había quedado sin palabra y sin saber qué hacer.

Desayunaban, cuando él le dijo que se marchaba, que no recogía sus cosas y que aquellas eran sus últimas tostadas. Pocas palabras y menos explicaciones. Sólo aquella frase que en su momento le pareció absurda: a veces me siento como un esquimal intentando tomar el sol en la arena de esta playa.

El coronel Meyer

26 de enero 2009

Todos los errores tienen un principio; aunque no seamos capace de darnos cuenta hasta mucho más tarde. Siempre hay algo que te avisa. En su caso fue el primer beso, que le supo agrio. Y no es una metáfora, el beso le supo realmente a leche cortada. Podría esperarse que aquello le produjese una repulsa, pero no. En los vestuarios, después de casi un año detrás de ella, el olor salvaje a estrógeno le hizo cerrar los ojos y, ahora si metafóricamente,  fundirse en un largo beso.

Habían pasado casi quince años de aquello. Quince años, dos hijos, una casa de ladrillo blanco y porche de madera y un perro llamado Pottecher. El tintineo de estómago de aquel primer beso se convirtió en poco tiempo en un pellizco insoportable.

Ahora no podía dejar de reír. Firmaba el acuerdo de separación: custodia compartida, nada de pensiones de manutención, separación de bienes y espera de liquidación de los comunes. No era el momento para que le entrase aquella risa tonta, pero no podía resistirlo. Los dos abogados, el suyo y el de su mujer, le miraban como creyendo haberse perdido algo. Sólo faltaba una firma, pero su cabeza estaba en otro sitio. De repente había recordado  aquella frase que tantas veces escuchó decir al coronel Meyer: el mayor error de su vida había sido hacer la mili.

Elige tu aventura

4 de diciembre 2008

F.H.G. sale de su casa esta mañana temprano, coge abrigo y bufanda-la mañana se ha levantado fría en la capital-y sale por la puerta con cara de haber dormido poco.

Indique correctamente la respuesta adecuada:

A.-F.H.G. había dormido poco.

B.- La cara que llevaba era la cara con la que todos nos despertamos por las mañanas independientemente de lo que hayamos dormido.

Andaba cabizbajo dando vueltas en torno al mercado de San Miguel. La primera vez pudo haber sido una equivocación pero ya llevaba ocho vueltas, una tras otra, una tras otra, a la misma plaza. Además aparentemente no buscaba nada a juzgar por los indicios: no miraba un mapa, no alzaba la vista intentando leer los letreros que marcan los nombres en las calles, no preguntaba a cualquier vecino, no se paraba en las intersecciones con actitud dubitativa. No, no estaba perdido, podríamos afirmar apoyándonos, para más argumentos, en que vivía en esa plaza, en el número ocho, en una casa de la que acababa de salir hacía unos minutos enfundado en su abrigo, con una bufanda al cuello y supuesta cara de no haber dormido. La gente no le miraba -en Madrid la gente es una masa compuesta por todos los demás menos tú-, pero si alguien le hubiese mirado a los ojos hubiese descubierto una lágrima -o quien sabe si sólo un reflejo- que corría por su mejilla.

A.- No era una lágrima sino una gota de lluvia que había caído con afortunada precisión en su cara.

B.- Era una lágrima, sin más.

C.- Era una desertora de un llanto contenido.

Cambió el rumbo. Cierto que en los últimos diez minutos no había tenido rumbo, en el estricto sentido de ir a algún sitio ya que no había parado de dar vueltas al mercado. Cambió el rumbo. Y cogió calle abajo por Mayor con paso decidido, enfundado en su abrigo, enlazado en su bufanda y humedecido por una pequeña lágrima que recorría lentamente su mejilla.

Torció inesperadamente y entró en un café con un rótulo de imitación medieval y pidió un café con leche. Humeaba detrás de la barra.

A.- Necesitaba entrar en calor y eligió el primer sitio abierto para tomar algo reconfortante.

B.- Necesitaba tiempo; tiempo para pensar, tiempo para decidir, tiempo para hacer lo que tenía que hacer.

C.- Esta escena es supérflua y es puro recurso narrativo para retardar el clímax.

Bebió un sorbo y la espuma del café tocó su nariz. Sólo un poco; lo suficiente para dibujar un pequeño copo entre ambos orificios nasales. Salió del bar aparentemente -aunque fácilmente reconocible el cartón piedra-medieval. Y siguió avanzando por la calle abrochándose los últimos botones de su abrigo gris, retorciendo su bufanda como una serpiente a punto de asfixiar a su presa, con una lágrima ya absorvida por su piel a la altura de la mejilla y un copo de nieve -que era de café- en la punta de la nariz. Avanzó durante diez minutos -sin más interés narrativo salvo que hacía pequeñas paradas irregulares, como para pensar, o repensar, o dejar de pensar- hasta llegar al Viaducto. El Viaducto de Segovia era un clásico para los suicidas en Madrid. Cosntruído a principios de siglo, de estilo racionalista, en hormigón armado pulido, salva un desnivel de más de veinte metros sobre la calle Segovia. Bajo la gran bóveda el tráfico inundaba de un ronco murmullo la estructura. Un aire frío le cortaba la piel. Se acercó a la barandilla central, levantó la vista hacia la Casa de campo y pensó -sólo pensó, pero sintió como el eco de sus palabras atravesaban el horizonte-. C’est fini. De repente, como un globo que acaba de perder un nudo, rompió a llorar. Las lágrimas comenzaron a brotar de ambos ojos, corriendo por ambas mejillas y acumulándose en las comisuras de los labios.

A.- Lloraba porque su gato Mike -para él era algo más que ese puto bicho peludo- acababa de morir esa misma mañana.

B.- Lloraba porque su novia la noche de antes le había contado toda la verdad. Y toda la verdad era algo muy doloroso.

C.- Lloraba porque llevaba más de sos meses dando vueltas por la vida sin saber qué hacer o por dónde reconducirla  después de acabar con los dieciocho meses de paro que le habían mantenido en un estado casi de letargo existencial sólo roto por las visitas al psicólogo de la Seguridad Social que su médico de cabecera le había recomendado.

D.- Lloraba porque era un flojo -siempre había sido un flojo y su padre nunca se cansó de repetírselo hasta su muerte- y no sabía enfrentarse a los problemas.

E.- Todas las respuestas son correctas.

Se secó los mocos con una esquina de la bufanda y comenzó a escalar la baranda de granito resistiendo el azote de un viento que soplaba fuerte de Oeste. Un corro de personas giraron la cabeza al mismo tiempo, nadie se movió, todos hicieron gestos distintos que reflejaban la misma sorpresa. Una señora desde un balcón en la calle contraria no hizo ningún gesto de sorpresa: estaba acostumbrada a una escena similar cada mes. Una madre tapó los ojos a una niña de su mano que miraba hacia otro sitio.

Parecía una escultura en uno de los pilares de granito. El abrigo desabrochado le confería un aspecto de superhéroe de película dejándose mecer por el viento. La bufanda, con una esquina empapada en moco, se aflojó y cayó realizando piruetas sobre los coches que cruzaban 23 metros más abajo. Un copo de nieve -que era de café- en la punta de su nariz.

A.- F.H.G. se dejará caer.

B.- F.H.G. recapacitará, verá las cosas más claras y volverá a bajar, habiendo perdido tan sólo una bufanda.

C.- Alguien le convencerá, o le salvará, o le rescatará, impidiendo que se tire hasta un mes después en que volverá a intentarlo con más éxito.

D.- ¿Quién soy yo para decidir sobre la vida de F.H.G.?

Published in: on diciembre 5, 2008 at 3:10 pm  Comments (4)  
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… narrativos

23 de noviembre 2008

Bajaba por San Andrés, la vista baja, como buscando algo en las losetas grises que formaban la acera hasta llegar a la plaza. Susurraba algo entre dientes.

-.-

– No se lo que quiere; por mucho que me pregunto no se lo que puede querer. Quiero que me cuente lo que hay detrás de todo. Cuando llegue a la plaza se lo digo, directamente, no puede seguir jugando conmigo así.

-.-

Intentaba aclarar sus ideas. Saber por qué ella le citaba una vez más. Ella le esperaba tomndo un te con limón sentada frente a la ventana y le diría que aquello, aquello que habáin llamado sin serlo, su relación, había terminado. Él andaba cabizbajo, mirándose los zapatos, intentando encontrar un motivo que no fuera aquel para la cita de urgencia. Antes de doblar la esquina con la Palma un coche, excesivamente rápido, excesivamente despistado, acabaría con su vida. Quince metros escasos de la plaza.

Iridiscencias

19 de noviembre 2008

– Te amé. Durante ocho años te amé. Y pensé que podría haberte amado mucho más, por lo menos ocho más. Pero todo acabó. Ya no te amo. Ya no te amaré nunca más. No puedo seguir amándote como te amé estos ocho años en que te amé.

Se miraba en el reflejo del vaso mientras hablaba; la figura se estilizaba creando iridiscencias a causa de los cambios de fase e interferencia de las reflexiones de luz incidente. Pensó que parecía un espagueti. ¡Parezco un espagueti! Aunque no lo dijo.

– Ahora no te amo, creo que no podré volver a amarte nunca más. Al menos no creo que pueda volver a amarte como te amé. Durante los ocho años que te amé. -Le gustaba el trabalenguas pero intentaba dosificar cada palabra, despacio, para no causar daño. El mínimo posible.

– Recuerdo aquellos momentos en los que fuimos felices, no lo niego. Recuerdo cuando me llevabas al parque, cogidos los dos de la mano, a ver los gansos salvajes frente al estanque mientras el chorro de agua, justo en el centro, lanzaba un escupitajo infinito apuntando a las estrellas, arriba en un preciosos cielo azul. Recuerdo un beso. Y algo más. Pero ya no te quiero. Y creo que ya no te volveré a querer nunca más.

Se rascaba la nariz. Suavemente. En un gesto delicado, pero sin resultar cursi ni por el contrario demasiado grosera que pareciera que se estaba oliendo la uña, como de pequeña tanto le gustaba y ahora sólo hacía a escondidas cuando estaba segura, completamente segura, de que no había nadie lo suficientemente cerca como para apreciar la leve aspiración de su nariz.

– Lo tenemos que dejar. Ya no poemos seguir juntos. Tenemos que romper de alguna forma, para no volver. Tenemos que cortar esto que construimos durante los últimos años. Y no volver a intentarlo, ni siquiera para probar, ni siquiera para decirnos la última y no más. Ni siquiera para hacer como que no nos enteramos y lo hacemos sólamente porque nos dejamos llevar y porque no podemos resistirlo y porque después de tantos años juntos cómo no, ni una vez, podemos volver a estar juntos, un ratito pequeño.

– ¿Hablas en serio? -dijo él.

– No, claro; ensayaba -dijo ella mientras seguía observando su reflejo en una fina película de agua iluminada con luz blanca no polarizada en un vaso sobre la mesa.

Hoy me pregunté

19 de septiembre 2008

Hoy me pregunté cómo pudimos llegar a esto. Cómo nos fuimos dejando caer. Cuándo se rompió así tan poco a poco que no hizo ruido hasta que no cayó. En qué preciso momento hicimos aquello que fue el principio. Cuándo empezó todo. Cómo no nos dimos cuenta antes. Qué fue lo que realmente pasó, que pasó tan despacio y sin hacer daño.

Hoy me pregunté por qué dijiste que ocurrió todo así de un día a otro, que ya no me querías. Pero no encontré la respuesta.

Published in: on septiembre 19, 2008 at 2:44 pm  Dejar un comentario  
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Mil y Un

29 de julio 2008

De mil formas le pidió perdón. Mil ruegos para que no se marchara. Mil veces le dijo que había sido una equivocación. Mil tentativas para recuperarla. Mil planes de vuelta. Mil excusas. Mil empeños. Mil flores. Mil lloros.

Mil intentos en vano.

Ella tan sólo esperaba Un te quiero.

Published in: on agosto 13, 2008 at 12:52 am  Dejar un comentario  
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Ausencias

21 de julio 2008

No veía pasar las horas para irse a dormir. Con el sol todavía firltrándose por las persianas se metía en la cama. Y soñaba.

Soñaba cuando era feliz. Cuando ella todavía seguía con eĺ. Cuando se amaban. Cuando para él existía una razón por la que vivir, por la que levantarse cada mañana, por la que respirar el aire. Soñaba, que no habían pasado esos cuatro meses, desde que ella le dejó una buena mañana. Aquella fatal mañana en la que encontró al despertarse, junto a la tostadora una pequeña nota: Que seas feliz, yo lo soy. Adiós.

Cruzados

1 de junio 2008

Ella buscaba sexo fácil; alguien con quien compartir esa noche lluviosa de cuarenta de mayo. Sin complicaciones, amor sin desayuno, alguien que le ayudase a olvidar aquel día infernal de reuniones, exceso de trabajo y marrones aplazados de la víspera.

Él acababa de dejarlo con su novia. Seis años de aparente amor sin fisuras, de repetidos besos de buenas noches y caricias de fotografía, que se acababan de desvanecer con la excusa de un “Nos tenemos que dar un tiempo. Y luego se verá”.

Avanzaban por San Felipe, direcciones convergentes, uno frente al otro cuando sus miradas se cruzaron.

-¿Tienes fuego? -preguntó ella.

-Estoy helado, -contestó él.