Mierda

14 de noviembre 2008

Todo empezó cuando la abuela dijo: ya no podemos seguir viviendo en esta mierda. Tenemos que buscar otra vida y salir de este pozo de mierda.

La abuela nunca hablaba así, menos cuando se enfadaba con mamá, y la verdad es que me sorprendió porque yo nunca pensé que aquello fuera una mierda. Sí, es verdad que visto ahora aquello que yo pensaba que era una casa normal sólo era normal para nosotros. Vivir sin agua, sin luz, en una casa a mitad construir y con los colchones tirados por allí, por cualquier parte no es algo que ahora vea como una casa normal. Pero entonces yo creía que aquello era normal; y era feliz. Era feliz en aquel barrizal que se montaba enfrente de casa mezcla de polvo, excrementos de gallina y el baciado de las bacinillas de cada día. No lo veía como vivir en la mierda. Aunque vivíamos en la mierda. Literalmente. Y luego estaba lo de los vecinos; me acostumbré a las revueltas, a ver a los chicos llorando cada semana porque su hermano lo habían cosido a navajazos la noche anterior, o porque al tío lo habían colgado. De pequeña no te das cuenta de algunas cosas, y piensas que la vida es así, con un padre que no existía, porque nunca existió y una madre borracha desde la mañana, enganchada al brick de vino barato.

Por eso cuando la abuela dijo: hay que salir de esta mierda o nos arrastra a todos, nadie dijo nada. Dejamos los colchones, las gallinas y las brasas aún calientes en la cocina y nos pusimos a andar.

Ha pasado mucho de aquello y la abuela ya murió; también mamá. Yo ahora vivo en Park Avenue; mucho ha cambiado todo. Aquellos recuerdos se fueron borrando, era muy pequeña entonces, pero a veces me viene a la cabeza esa imagen de la abuela, con los ojos encendidos de rabia, o ira, o tal vez lágrimas, dejando atrás la casa sin cerrar ni siquiera las puertas.

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Santa Isidra

17 de mayo 2008

Contemplaba, sin entender muy bien lo que ocurría, cómo su nieto César pintaba aquel graffiti en la pared del centro okupado. Se llamaba Isabel y tenía 84 años. Chulapos queer y chulapas con mantones comprdos en el chino bailaban a ritmo de Rafaela Carrá en aquella nave en ruinas de Legazpi. La verbena transmariboyera ponía contrapunto a las casposas fiestas de la capital.

-Vámonos al baile abuela -le había dicho, cuando la sacó esa tarde de la residencia. Se había puesto un pañuelo blanco, un clavel en la cabeza y su mantón de Manila bordado a mano, como en los viejos tiempos. En una mano sostenía una litrona y en la otra el abanico.

Ramona

5 de abril 2008

Hola, ¿Cómo te llamas? Yo soy Ramona. Todos pensaban que moriría antes que su marido, pero ahí seguía. Ella. Ramona. A pesar de todos sus achaques, fue la que se levantó y llamó a la ambulancia cuando a él le dió aquel paro cardiaco. Nunca salió de aquello. Tampoco ella. Ramona. Justo después de su muerte fue cuando había decidido dejarse morir. Poquito a poco, para no hacerse daño. Decidió olvidar cada día una cosa. Era, pensó, una forma indolora de eutanasia.

Al principio comenzó olvidando todo lo relacionado con él. Su recuerdo era, ese momento de su vida sóla sin sus hijos en casa y viuda, lo que más le hacía sufrir. Por eso lo fue borrando de su mente y de su vida. Una noche se vistió, por llamarlo de alguna forma, con el traje de novia, que aún reposaba, entre naftalina en el armario. Sacó las fotos del album y acto seguido lo metió todo en una bolsa de basura azul y la sacó al pasillo. Y olvidó su boda. El único vínculo en la memoria que la unía a su marido.

Después llegaron los amigos, el trabajo, los duros años de la postguerra y los momentos de felicidad. El pueblo, sus padres, hermanos y hasta su vecina Julia. Sin dejar rastro. Cuando empezó a olvidar todo lo relacionado con el aseo personal fue cuando sus hijos -chico y chica, ambos casados, bien situados y vecinos en las afueras de la ciudad en una casa con jardín- decidieron ingresarla en la residencia. Hola ¿Cómo te llamas? Yo soy Ramona.

Ramona acogió con ganas el cambio; favorecía, pensaba, su plan de ir olvidando quien era y lo que le rodeaba. Tal vez esa era la mejor forma de olvidar el capítulo casa. Un pisito que había comprado no sin sudores hacía más de cincuenta años, arreglado con su olvidado difundo marido y vivido con sus hijos. Fue cuestión de semanas el que no quedase ni el más leve recuerdo de aquellos ladrillos en la calle del olvido.

Lo de los hijos fue tarea fácil. Quiero decir que ellos ayudaron. Al principio, empujados por la mala conciencia, frecuentaban sus visitas hasta dos veces por semana. Pronto las distancias crecieron y las ausencias se hicieron norma. Pero cómo, ¿no vino mi hermano esta semana? Yo estuve ocupada, yo tuve dos viajes, el negocio me impide más,… Olvidados. Punto.

Hola ¿Cómo te llamas? Yo soy Ramona. El resto fue coser y cantar. Es un decir, porque ambas cosas también las olvidó. Y olvidó como se cogían los cubiertos, como se andaba y cuándo se iba al baño. Ramona dijo adiós al mundo, si es que se acordaba de él, y culminó su plan cuando al decir Hola ¿Cómo te llamas? no pudo seguir porque había olvidado su nombre.

Published in: on abril 6, 2008 at 9:01 pm  Dejar un comentario  
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