Sísifo 3 y final

18 de abril 2008

Él, que había sido el más astuto de entre los hombres. Allí en aquel infierno. Sufriendo el irónico castigo de Minos. Como el Sol saliendo cada mañana y hundiéndose en el horizonte cargando aquella pesada piedra que volvía a caer por la otra ladera. Él, hijo de Eolo y Enarate. Marido de Mérope. Padre de Odiseo y de Glauco. Allí, humillado, por aquella ladera empinada cargando la dichosa piedra que una y mil veces rodaba por la colina antes de alcanzar la cima.

Él, que había sido el más astuto de entre los hombres. Dejó el Averno y volvió entre los mortales. Cuentan que se hizo de oro franquiciando una montaña rusa.

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Published in: on abril 17, 2008 at 11:31 pm  Dejar un comentario  
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Sísifo 2

17 de abril 2008

Se llamaba Salomon. Era el joven más prometedor del pueblo y en él estaban puestas todas las esperanzas de la gran familia. Cada uno, como pudo, ayudó a reunir lo que habían pedido para cruzar los tres países que le separaban del gran paso final, el Estrecho. No podía tener miedo. No había otra opción. No era sólo él, de aquello dependía toda su pequeña comunidad. Hacer dinero y mandar lo que se pudiera. Sobrevivir como fuera para que viviera el resto. Nadie quiso hablar de lo que no se podía hablar. Era cierto que muchos de los que iban, no volvían jamás, pero no se podía hablar de eso. Había que dar fuerzas, ayudar con lo que se pudiera y pedir a los dioses que lo acompañaran y cuidaran de él.

Lo había conseguido. Nunca pensó que pudiera llegar pero allí estaba. Desde que tenía uso de razón la idea de cruzar a Europa era la única línea que seguía su vida. Él Salomon Lucumi, 16 años recién cumplidos, congoleño de una pequeña comunidad del centro del país, había sido bautizado como La gran esperanza. Una sola idea había sido la obsesión de su corta vida: ir. No sabía que a partir de ese justo momento, como si fuera la bisagra de una puerta, la obsesión se invertiría: volver.

Published in: on abril 16, 2008 at 9:17 pm  Dejar un comentario  
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Sísifo 1

16 de abril 2008

Se había calzado la mochila con el primer rayo de sol. Había tardado cerca de siete horas en escalar la cara norte, la más escarpada. Con los crampones todavía calzados observaba el vacío, las nubes sobre su cabeza y una inmensidad de montaña. Estaba seguro que lo iba a conseguir, lo había estado preparando desde más de dos años. Y ahí estaba. la verdad es que no era consciente de lo que significaba estar allí, a 4.478 metros sobre el mar. El silencio. La nada. O el todo. Tal vez el frío, la altura y la falta de oxígeno le impedían poder pensar algo más. Tomaba un pequeño bocado de nieve, un sorbo de agua que no quitaba la sed y perdía la vista en el infinito. Todo un laberinto de caminos, rapel y trozos de escalada eran ya el pasado, aunque hubieran sido presente hacía pocas horas. Ahora estaba allí, en lo más alto. Se sentía grande y muy pequeño a la vez. Los segundos transcurrían lentos en su mente como si también, como sus manos, se hubieran congelado. Rápido se olvidó que tan sólo una hora antes, estuvo a punto de perderlo todo, por un mal pie, unas piedras desprendidas, y una caída evitada en una reacción rápida.

Las nubes se desparramaban a su alrededor y no podía quedarse mucho rato allí sentado. Se hubiese quedado toda la vida. Comenzaba la bajada y quería probar una nueva ruta. Estaría de nuevo en el refugio al desaparecer el último rayo de sol.

Published in: on abril 16, 2008 at 8:54 pm  Dejar un comentario  
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