Cementerio2

23 de enero 2008

El cementerio está cerca.

Uy, no me suena nada bien esa tos! -dijo ella, antes de meterse en la cama.

Habría de acordarse de aquellas palabras la viuda un par de días después.

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Published in: on enero 23, 2009 at 1:19 am  Dejar un comentario  
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Fortuna

29 de noviembre de 2008

Recibió 347.540 euros por error. No podía ser otra cosa. El saldo de su libreta de ahorro nunca había tenido tantos digitos. Pensó que en cualquier momento el banco se daría cuenta y sustraería el dinero de su cuenta. Pero no ocurrió. Cada jueves acualizaba su libreta en una de las máquinas automáticas que había en la sucursal frente al mercado. Pero ahí seguían. Su imaginación empezó a dar vueltas sobre lo que podría complementar ese dinero su mísera pensión de viuda; nada grande, tal vez un buen regalo para los nietos, acabar con la hipoteca de su hijo el menor, o, incluso, un viaje a Murcia a visitar a su hermana; a la playa. No contaba nada a nadie. Pasaron los meses y cada jueves esperaba ansiosa que esa cifra, que había empezado a obsesionarle, hubiera desaparecido, dejando su libreta con su habitual saldo de tres cifras. Pero no ocurría y el dinero seguía estando allí. Y empezó a generar intereses; el banco le enviaba el estracto a casas con los intereses que generaba su espontánea fortuna.

No podía más. Una mañana se despertó temprano. Esperó en la puerta de la sucursal a que llegase el director y devolvió el dinero. Recuperó la tranquilidad, sus ruinas y una cubertería de 113 piezas.

Published in: on noviembre 29, 2008 at 10:17 am  Comments (1)  
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Buscando calor

16 de junio 2008

Esa noche se había propuesto hacer caso a su amiga Pilar: unos cartones en el bingo eran la mejor forma de encontrar un nuevo ligue. Le ruborizaba incluso pensarlo, después de haber sido púlcramente fiel a Fernado durante más de cuarenta años; pero no quería ser una muerta en vida. Acababa de cumplir los sesenta y, pasada la crísis por la muerte de su esposo, cada día se sentía mejor. Le habían hablado bien de aquel bingo: buena gente, tranquilo, con estilo. No era asidua a ese tipo de establecimientos pero, para no tener que soportar una tarde más los reproches y risas de las amigas, se había propuesto dar el paso. Cote d’Oro, rezaba en luminosos dorados un amplio letrero que rodeaba la esquina. Entró con seguridad, calzada en unos taconazos de aguja, buscando una mesa al fondo de donde resguardarse de miradas indiscretas. Le sorprendió la rapidez: a los diez minutos, justo al terminar el primer cartón, un interesante cincuentón se acercó a la mesa. ¿Ocupado?, Tome asiento. Miguel, Maricruz, encantada. ¿Toma usted algo?, la invito. Gracias, un pacharán. El resto fue relativamente fácil: seis cartones, dos tragos más, tres de la mañana y un revolcón que le devolvió la vida.

A la semana él le pediría los 32.000 euros. Había encontrado un terreno en la sierra donde se mudarían para disfrutar de la tranquilidad y el mejor clima. Si te he visto no me acuerdo. Sentada en la misma mesa del Cote D’Oro lloraba amargamente mientras tachaba números de un nuevo cartón.

Buscando fondos

15 de junio 2008

Esa noche se había propuesto algo sin muchas complicaciones: presa fácil en un bingo. Uno de barrio, lleno de viudas y separados alcohólicos enganchados a las tragaperras. No era asiduo a este tipo de establecimientos, pero después de los de la última noche en el Casino, había que buscar algo urgente. Cote d’Oro, rezaba en luminosos dorados el letrero que rodeaba la esquina. Entró con seguridad, como siempre, y enfiló hacia na mesa al fondo buscando presa. La encontró rápido: unos sesenta años, peluquería de esa tarde y un extenso escote de pedrería. Maricruz de nombre. ¿Ocupado?, Tome asiento. Miguel, Maricruz, encantada. ¿Toma usted algo?, la invito. Gracias, un pacharán. El resto fue relativamente fácil: seis cartones, dos tragos más, tres de la mañana y un revolcón con olor a naftalina.

A la semana le pediría los 32.000 euros prometiéndole, como siempre, una segura inversión en unos terrenos donde levantarían su nidito de amor. Si te he visto no me acuerdo. Tomaba el sol dos días después en Marbella, de nuevo en la mesa de blackjack, cargado de efectivo fresco para el juego.

Ramona

5 de abril 2008

Hola, ¿Cómo te llamas? Yo soy Ramona. Todos pensaban que moriría antes que su marido, pero ahí seguía. Ella. Ramona. A pesar de todos sus achaques, fue la que se levantó y llamó a la ambulancia cuando a él le dió aquel paro cardiaco. Nunca salió de aquello. Tampoco ella. Ramona. Justo después de su muerte fue cuando había decidido dejarse morir. Poquito a poco, para no hacerse daño. Decidió olvidar cada día una cosa. Era, pensó, una forma indolora de eutanasia.

Al principio comenzó olvidando todo lo relacionado con él. Su recuerdo era, ese momento de su vida sóla sin sus hijos en casa y viuda, lo que más le hacía sufrir. Por eso lo fue borrando de su mente y de su vida. Una noche se vistió, por llamarlo de alguna forma, con el traje de novia, que aún reposaba, entre naftalina en el armario. Sacó las fotos del album y acto seguido lo metió todo en una bolsa de basura azul y la sacó al pasillo. Y olvidó su boda. El único vínculo en la memoria que la unía a su marido.

Después llegaron los amigos, el trabajo, los duros años de la postguerra y los momentos de felicidad. El pueblo, sus padres, hermanos y hasta su vecina Julia. Sin dejar rastro. Cuando empezó a olvidar todo lo relacionado con el aseo personal fue cuando sus hijos -chico y chica, ambos casados, bien situados y vecinos en las afueras de la ciudad en una casa con jardín- decidieron ingresarla en la residencia. Hola ¿Cómo te llamas? Yo soy Ramona.

Ramona acogió con ganas el cambio; favorecía, pensaba, su plan de ir olvidando quien era y lo que le rodeaba. Tal vez esa era la mejor forma de olvidar el capítulo casa. Un pisito que había comprado no sin sudores hacía más de cincuenta años, arreglado con su olvidado difundo marido y vivido con sus hijos. Fue cuestión de semanas el que no quedase ni el más leve recuerdo de aquellos ladrillos en la calle del olvido.

Lo de los hijos fue tarea fácil. Quiero decir que ellos ayudaron. Al principio, empujados por la mala conciencia, frecuentaban sus visitas hasta dos veces por semana. Pronto las distancias crecieron y las ausencias se hicieron norma. Pero cómo, ¿no vino mi hermano esta semana? Yo estuve ocupada, yo tuve dos viajes, el negocio me impide más,… Olvidados. Punto.

Hola ¿Cómo te llamas? Yo soy Ramona. El resto fue coser y cantar. Es un decir, porque ambas cosas también las olvidó. Y olvidó como se cogían los cubiertos, como se andaba y cuándo se iba al baño. Ramona dijo adiós al mundo, si es que se acordaba de él, y culminó su plan cuando al decir Hola ¿Cómo te llamas? no pudo seguir porque había olvidado su nombre.

Published in: on abril 6, 2008 at 9:01 pm  Dejar un comentario  
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