Tender

28 de febrero 2009

Era una vecina normal. Quiero decir que era la típica vecina que habita en muchas comunidades de vecinos. No era propietaria, vivía con una de esas rentas pequeñas en un piso pequeño, por lo que toda mi relación con ella se ceñía a las visitas al tendedero. Yo sacaba una lavadora cada dos días aproximadamente, treinta kilos de ropa multicolor de tamaños dispares. Ella salía casi a diario: los martes un par de panties, los miércoles una faja color cardenillo, los jueves una blusa de blonda con cuellos bordados de flores quequeñitas beis, los viernes trapos de cocina. Algún día una camisa de fantasía con palmeras o perritos. Rondaba los ochenta y mucho y andaba con agilidad de haber tenido una vida no fácil: viuda casid e nacimiento, dos hijos en los duros años de la postguerra ue ahora vivían en sendos chalets en las afueras dejándola con no más compañía que su propia existencia y los recuerdos.

Cuando llegué a la casa, antes de la rehabilitación, era uno de las pocas vecinos que aún quedaban en el inmueble. Por ese absurdo grado que da la antigüedad, poseía dos de las cuerdas del patio. Al principio me pareció absurdo.

Coincidiamos a diario; yo apretaba mi colada pinza tras pinza en el secadero afanándome en dar de sí la recta al máximo para colgar mis humedades. Pero nunca se me ocurrió discutir con ella por los tendederos; en aquellos dos trozos de cuerda multicolor ella colgaba cada día la colada de sus recuerdos.

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Marbel

27 de febrero 2009

Una noche más he vuelto a soñar con Wakanda y con la caída de ese misterioso mineral que la protege de las vibraciones y el sonido. Cuando estoy en Wakanda me siento al final a salvo, lejos del mal y del doctor Muerte. Duermo feliz y tranquilo mientras mi cama se mece acunada por el Vibranium.

Anuncios por palabras

19 de febrero 2009

Vendo sueños.

A estrenar.

Por no poder utilizarlos.

Precio a convenir.

Published in: on febrero 20, 2009 at 12:39 am  Comments (4)  
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Desde el boj

18 de febrero 2009

Si, lo reconzco, tal vez no sea lo que se espera de un hermano, pero me pilló así de sorpresa y no estaba preparado. Joder, si llevas casi diez años sin ver a tu hermano y aparece así de repente pues te pilla descolocado. Y si, se que lo que pasó, y de lo que no quiero hablar otra vez, y no lo voy a hacer ahora, pasó hace casi quince años. Pero esas cosas no se olvidan. Por más que hayan pasado diez años sin vernos, por más que vivamos cada uno en una ciudad y él hiciera familia, y tenido tres hijos y se comprase una casa y, por cierto, fue de las pocas cosas que me fijé cuando lo ví allí plantado en la puerta de casa, hubiera perdido casi todo el pelo. No. Si hibiera avisado pues, no se, me hubiera ido preparando; él sabe cómo soy y que necesito asimilar las cosas y tomarme mi tiempo. Creo que le quedó bien claro cuando lo de mamá; joder uno no puede recibir una llamada, que mamá a muerto, así de repente, sin saber nada de familia por años. Por eso no fuí al entierro, pero no quiero hablar más de eso, dije que no iba a hablar más de eso.

Lo cierto es que me escondí; si, un poco ridículo un tío de casi 50 años, de mi pinta, con casi 120 kilos -que no hay seto que me tape- escondido detrás de aquel boj del jardín. Patético. Estuve casi dos horas, las mismas que estuvo él sentado en las escaleras de casa. Esperando que se marchase, que cayese la noche y desistiera, pero el tío aguantó. Casi a medianoche, me dejó aquella nota y cogió el coche de vuelta, no se dónde; ni se dónde vive, ni su teléfono, ni si se ha mudado de ciudad. Búscame, tengo que hablar contigo. Joder, también podía haber sido un poquito más claro; no sólo, tengo que hablar contigo, como quien quiere contarle a un amigo el partido del domingo. No le llamé, claro; no le busqué; ni hice el más mínimo intento. Joder, si hubiera escrito algo más, no se, lo de que se estaba muriendo, que le quedaban un par de semanas, que esa puta enfermedad avanzaba y no le quedaba mucho. No se, tomé la nota como una de sus gilipolleces, como siempre el chico bueno que decía mamá, queriendo hacer las paces, viniendo a hablar con su hermano. Pero no, la cagué otra vez, otra vez fui el hermano cabrón. No le llamé, no le busqué, no hice el más mínimo esfuerzo por hablar con él. Y aquí sigo hoy, con esta nota con apenas cuatro palabras intentando recordar su cara la última vez que lo ví, desdel el boj, esperándome en las escaleras de entrada a casa. Me hhubiera gustado saludarle.

An experiment!

17 de febrero 2009

La verdad es que no se por qué salí. No entendía un carajo lo que aquel escocés decía -pensaba que no había nada peor que un australiano; me equivocaba- hablando de liderazgo, de los cinco escalones, o cinco fases, o cinco nosequé -tal vez hablaba de otra cosa y no me estaba enterando. Sí, eso es verdad, no me estaba enterando nada de aquella sesión; me dormía literalmente, después de un día duro de cifras, inversiones, retornos, gráficas y prospecciones a cinco años. Era eso que llamaban un external speaker y podía haber estado bien, sino fuera porque era escocés. Y porque llevaba ya dos días en mitad de ningún sitio, en una especie de castillo perdido en un lago en la mitad de Holanda, aguantando una media de ocho sesiones por día, de sol a sol. O tal vez debería decir de nublado en nublado; menos 5 grados y un 95 por ciento de humedad en el ambiente.

La cosa es que pidió voluntarios. Acercó tres sillas al centro de la sala y pidió tres voluntarios. Let me make an experiment! Y me levanté; me dije: qué carajo haces levantándote si no tienes ni idea de lo que habla este tipo. Pero, no se si por el cansancio o para evitar caer profundamente en letargo, levanté la mano y me acerqué a las sillas. No me acuerdo qué me dijo, tan sólo que al final acabé con un paquete de Toblerone como premio.

El coronel tiene miedo

16 de febrero 2009

Muchos años más tarde, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel tuvo miedo; uno de esos miedos -si es que se pueden hacer categorías en los miedos- incontrolable que rozaba lo más profundo de su ser, donde el hombre ya no es hombre sino animal; un miedo de esos que te hacen temblar sin remedio, sin quererlo, sin hacer caso a tu voluntad. Tantas veces estuvo acariciando la muerte y nunca como ahora podía sentir su aliento tan de cerca. Temblaba no sabía sin por sentir cerca el fin o por aquel indigno miedo que era incapaz de dominar. Intentó apartar su pensamiento de la escena y comenzó a capturar de algún remoto lugar de su mente las imágenes de Arcadios, Aurelianos, Úrsulas y Petras en descendencias múltiples y aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo.

Longitudinal/transversal

15 de febrero 2009

Conducía su Volvo S-40 como quien empuja el carrito de la compra por unos grandes almacenes mirando las estanterías a ambos lados. A ambos lados no habían galletas ni paquetes de arroz; una hilera de chopos corría longitudinalmente al canal paralelo a la carretera. No eran más de las ocho aunque la noche se había cerrado hacía ya un buen rato. No tenía prisa por llegar a casa. En aquel momento de su vida no tenía prisa por llegar a ningún sitio, se dejaba arrastrar por la vida sin sentirla, acomodado en un asiento de cuero a juego con el salpicadero, 2000 euros extras. Pasaron varios kilómetros atravsando el mismo paisaje repeetido cuando llegó a la rotonda: una carretera atravesaba a la carreterapor la que eĺ veníal. Por la derecha un coche gris oscuro con algo aprecido a unos antiniebla, aunque no había niebla; por la izquierda un deportivo rojo. Los tres se pararon antes de entrar en la rotonda, ninguno parecía tener prisa; otros dos hombres de aproximadamente su edad, rondando el medio siglo, en sus asientos de cuero, cruzaron lentamente la rotonda y continuaron en el mismo sentido, direcciones contrarias. Metió primera y avanzó, perpendicularmente al coche rojo y al coche gris con faros antiniebla, que rápidamente se ocultaron engullidos por la noche bajo la línea de chopos.

Published in: on febrero 15, 2009 at 12:59 am  Dejar un comentario  
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Motivos personales

14 de febrero 2009

Cambio casa unifamiliar por apartamento de soltero.

Motivos personales.

Paisaje con playa y esquimal III (café con hielo)

10 de febrero 2009

Podía haberle dicho que aquello se había enfriado, que ya no funcionaba y que necesitaba tiempo para encontrarse y pensar qué hacer con su vida.

Le podía haber dado la típica excusa de otra persona que le daba aquello que en ella no encontraba y le hacía despertar sonriendo cada mañana.

Podía haberle pedido una reflexión como las que hacían en terapia de pareja sobre qué esperaban cada uno de aquella relación, qué no les gustaba del otro o dónde creían que podían cambiar.

Podía haberle dicho que, después de aquellos cinco años, se había dado cuenta que ella no era lo que creyó que podía ser, que eran incompatibles y que se había equivocado.

Le hubiese dolido, hubiera llorado, maldecido o gritado; le habría pedido seguro una segunda oportunidad o se habría tirado a sus pies en una patética escena pidiéndole perdón y ofreciéndole un cambio. Pero no. Se había quedado sin palabra y sin saber qué hacer.

Desayunaban, cuando él le dijo que se marchaba, que no recogía sus cosas y que aquellas eran sus últimas tostadas. Pocas palabras y menos explicaciones. Sólo aquella frase que en su momento le pareció absurda: a veces me siento como un esquimal intentando tomar el sol en la arena de esta playa.

No es un sueño

9 de febrero 2009

Se encontraba en la mitad de un desierto. Uno de esos desiertos de película, como en Laurence de Arabia, que parecen un decorado, de arena naranja y un cielo azul radiante. A lo lejos el calor ondulaba la linea del horizonte. Vestía como cada día en el trabajo, con su traje gris marengo y una camisa blanca. En sus manos un salvavidas rojo con una inscripción: Esto no es un sueño.

Se despertó sobresaltado y no supo encontrar una explicación.

Me compré un sueño

8 de febrero 2009

Hace un tiempo me compré un sueño. Y lo digo en el más estricto sentido de la palabra, porque pagué por él. Tengo cierta querencia a las gangas y éste, la verdad, estaba a un precio que no pude resistirme. Lo compré, digo, llegué a casa y lo dejé en la estantería el salón. Sí, ya se que comprarse un sueño y dejarlo por ahí en cualquier parte sin hacerle caso no es algo muy común, pero como era de saldo pensé que mejor le daba un poco de tiempo para que no se sintiera muy agobiado. No quería ir y decirle: venga, te compré, ahora  a darme lo que es mío, satisfaz mi sueño. No hice eso; como digo lo dejé allí en la estantería, junto a unos libros a medio leer a ver si reaccionaba.

Pasaron unos día, y cada vez que pasaba cerca lo miraba para ver si había despertado, si estaba en condicioes para cumplir su labor, pero lo cierto es que parecía no quer trabajar. Yo me fui acostumbrando a verlo allí, como parte del mobiliario. Los amigos, cuando venían a casa me preguntaba por él, y yo les decía, nada un sueño que compré y estoy esperando a ver si algún día se realiza. Raro eres tío, em dijo Alicia aquel día que vino a cenar.

Han pasado más de siete meses y hoy, no sé por qué, le he dado la vuelta y me he encontrado el número del Servicio Técnico inscrito en letras pequeñitas debajo. He estado tentado en llamar, mandarlo arreglar, pedir que me lo cambiaran por otro, no se, decirles que me devolvieran el dinero si no habia otra solución. He pasado u rato largo co el sueño en una mano y el teléfono en la otra. El final no he llamado. Creo que me acostumbré a tener un sueño irrealizado ahí, esperando, sabiendo que en cualquier momento puede ocurrir algo que lo ponga a funcionar.

Published in: on febrero 8, 2009 at 11:01 pm  Comments (2)  
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El título no es importante

7  de febrero 2009

Empecé a escribir el título. Es algo que no suelo hacer, normalmente escribo y, l final, subo y corono con una idea ingeniosa, absurda, obvia, tetorcida, etc. Hoy no. Hoy he empezado a escribir y he puesto un título. Como no sabía sobre lo que iba a escribir -algo que me pasa a menudo cuando me enfrento al papel- tampoco tenía muy claro qué serviría como título. En la facultad nos contaron aquello de sorpresa, claridad, precisión, propiedad, y creo que era fiel a esos principios. Podía haber titulado No tengo ni pajolera idea de sobre qué voy a escribir, pero me parecía un poco soez. El título no es importante, me dije, aunque no compartía lo que escribía. Se que el título debe ser un anzuelo, algo que haga picar para, en el caso de un texto periodístico, enganchar a la presa hacia el relato. Tampoco tenía intención de escribir una noticia, es verdad, ni de contestar las famosas seis uves dobles del buen lid periodístico.

Sí, tal vez hubiera sido más ético lo de decir ya desde el principio lo de que no tenía ni idea de lo que iba a escribir. Bueno, sabía que no iba a escribir una noticia, como tampoco una novela, ni un ensayo -uy, no tengo para eso hoy la cabeza- pero nada más. Tal vez podía haber sido más poético, con un título de esos que no dicen nada pero que evocan imágenes, o adelantan que lo que viene es un fluir de conciencia, o un monólogo interior. Pero se de mi problema con la adjetivación y el afectación, así que tampoco me apatecía empezar ya desde el principio con arabescos. Además, aunque como digo peco siempre de adjetivación innecesaria, no soporto a los poetas de pacotilla, y mucho menos a los periodistas poetas, de esos que para contar la tragedia de cientos de familias víctimas del invierno titulan La muerte llegó vestida de nieve.

El titular debe ser como un faro que ilumine por esa aventura que es leer, me repetía, sabiendo también que como todo arte implica una práctica basada en el error. Daba vueltas en redondo y volvía al mismo lugar. No sabía bien de dónde partía y buscaba escapatorias en forma de titulares expresivos, apelativos, temáticos o informativos que me hicieran huir de aquel callejón sin salida.

Cuando quise darme cuenta iba ya por más de cuatrocientas palabras, algo excesivo para un microrrelato. Puse un punto final y dejé el titular sabiendo que me había equivocado

Palabra de asesino

6 de ferero 2009

– Pues si, escribo microrrelatos.

– Una buena forma de matar el tiempo -me dijo.

Me quedé sin palabras, con la cara de un asesino sin coartada, dándole vueltas a la frase.

Published in: on febrero 6, 2009 at 11:18 pm  Comments (1)  
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Elipsis

5 de febrero 2009

Se paró el tiempo en su reloj.

La vida continuó.

Cuando compró una nueva pila habían pasado casi seis días. Menuda elipsis para un reloj.

Published in: on febrero 5, 2009 at 11:14 pm  Dejar un comentario  

Composición nocturna con Playa y Esquimal 2

3 de febrero 2009

¿Puede uno sentirse como un esquimal en una playa? Y quiero decir, el típico esquimal de las tundras, con sus coletas, su capucha de pelo y su iglú en la típica playa del Caribe, con sus palmeritas, sus aguas turquesas y sus margaritas con rodaja de limón.

Pues así se sentía él. Había aprovechado una oferta irrepetible, según palabras de la chica que le atendió en la agencia, a Punta Cana, pensión completa, avión más hotel, desplazamientos y una pulserita que le permitía entrar en todas las celebraciones y fiestas de cartón piedra en los complejos que rodeaba el hotel.

Con unas bermudas ridículas de florecillas, y un gorrito que le habían dado en la recepción, notaba como el frío avanzaba por su cuerpo hasta helarle el corazón.

Composición nocturna con Playa y Esquimal 1

2 de febrero 2009

Él era un frío esquimal, ella una cálida playa.

Dicen que los polos opuestos siempre se atrajeron.

1m3

1 de febrero 2009

Ocupaba excasamente un metro cúbico. Más o menos. No tenía una confrimación matemática de aquello, pero un cálculo aproximado le llevaba a ese resultado: toda su existencia ocuparía tan sólo un metro cúbico. No contaba en la suma las posesiones materiales, que por otra parte pocas tenía más allá de un piso con media hipoteca y plaza de garaje, a pagar en treinta años, sino más bien su propio ser, su vida, sus relaciones. Su espacio vital.

Era soltera, no tenía hijos ni familia cercana y sus relaciones se limitaban a un asentir ocasional a las pocas indicaciones que le apuntaba su mando directo en la fábrica. Por lo demás, ningún amigo o conocido con el que compartir espacio. Le gustaba el silencio y no exteriorizaba sus sentimientos. Contenía alegrías y penas y solía hablar en un tono monocorde que parecía más el hilo musical de una sala de espera. Así, podríamos afirmar, aún sin la evidencia científica, que su mundo, aquel mundo que la envolvía ocupaba a penas un metro cúbico.

Pero aquella mañana no pudo más. No había ninguna razón aparente que le llevase a hacerlo, pero abrió la boca y gritó. Con todas sus fuerzas. Y aquel grito sonó como un lamento desesperado en la mitad de un paisaje desético, como el romper sordo de un bloque de hielo precipitándose al vacío en los polos. De repente notó como toda ella, su metro cúbico,  se extendía y ocupaba, como una presa desbordada, cada pequeño rincón, cada diminuta estantería y cada escondido pliege de aquel gran centro comercial.

Published in: on febrero 3, 2009 at 12:57 am  Comments (1)  
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Consulta

31 de enero 2009

No sabía qué más contarle a su psicólogo para mantener aquellos encuentros, dos por semana, a su consulta. Inventaba nuevos acontecimientos, alargaba tramas y simulaba recesiones en los avances.

Podía haberle contado la verdad, que se había enamorado perdidamente de su psicoanalista. Pero tenía miedo de curarse.

Vértigo

30 de enero 2009

Tenía sólo 17 años. Sentía que todo se había acabado. No pensaba en la muerte, ni en un final físico de su existencia. En cierta forma aquello le hubiera reconfortado. No; sentía que todo había acabado aun sin empezar; el mañana era una prolongación forzada de un proyecto fallido, sin deseos ni proyectos. Avanzaba sin saber hacia dónde por pura inercia. Y el futuro se le presentaba como una repetición vacía del día anterior.

Ausencias

29 de enero 2008

Nadie la echó en falta. A los seis meses alguien preguntó por casualidad en el patio por doña Herminia. ¿Cómo andará? Es verdad que no se le ve desde hace tiempo. La pobre, si es que ya no sale de casa. Y ¿los hijos? Tampoco viene ya ninguno. ¿Le habrá pasado algo?

Tardaron otros tres meses en descubrir que doña Herminia había muerto hacá casi un año, un noche sin hacer ruido como era ella. Los de la inmobiliaria habían colgado e el balcón de su habitación un cartel de “En venta”.

Published in: on febrero 3, 2009 at 12:18 am  Dejar un comentario  
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Cóctel

28 de enero 2009

Él tomaba Chardonay, ella margaritas con ginebra. No eran las únicas cosas que los diferenciaban, sin embargo, lo intentaron.