21 de diciembre 2008
Esa noche sus sueños se perfumaron de un sabor dulzón de anís y vainilla. Corría feliz por campos dorados y verdes, como los de un cuadro de Cezanne, bajo unas nubes que parecían corderitos. Las fuentes gorgoteaban agua cristalina a la sombra de Sainte-Victoire y un rumor lejano componía una ópera de Offenbach. No sabía qué le había llevado hasta allí, pero se sentía singular y feliz. Singular y tremendamente feliz, como en una comedia romántica. Ella era la protagonista absoluta del universo. De un inmenso universo plantado de dragoncillo. Su corazón bailó toda la noche.
Por la mañana, mientras se preparaba el café, limpió los restos de estragón que aún quedaban sobre la mesa de la cocina.
Si fuera creyente diría Dios mío, Dios mío, Dios mío!… No sabia que estabas de acuerdo con mis vecinos. 😉 Gracias, qué regalo más bonito. muas!