Tender

28 de febrero 2009

Era una vecina normal. Quiero decir que era la típica vecina que habita en muchas comunidades de vecinos. No era propietaria, vivía con una de esas rentas pequeñas en un piso pequeño, por lo que toda mi relación con ella se ceñía a las visitas al tendedero. Yo sacaba una lavadora cada dos días aproximadamente, treinta kilos de ropa multicolor de tamaños dispares. Ella salía casi a diario: los martes un par de panties, los miércoles una faja color cardenillo, los jueves una blusa de blonda con cuellos bordados de flores quequeñitas beis, los viernes trapos de cocina. Algún día una camisa de fantasía con palmeras o perritos. Rondaba los ochenta y mucho y andaba con agilidad de haber tenido una vida no fácil: viuda casid e nacimiento, dos hijos en los duros años de la postguerra ue ahora vivían en sendos chalets en las afueras dejándola con no más compañía que su propia existencia y los recuerdos.

Cuando llegué a la casa, antes de la rehabilitación, era uno de las pocas vecinos que aún quedaban en el inmueble. Por ese absurdo grado que da la antigüedad, poseía dos de las cuerdas del patio. Al principio me pareció absurdo.

Coincidiamos a diario; yo apretaba mi colada pinza tras pinza en el secadero afanándome en dar de sí la recta al máximo para colgar mis humedades. Pero nunca se me ocurrió discutir con ella por los tendederos; en aquellos dos trozos de cuerda multicolor ella colgaba cada día la colada de sus recuerdos.

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Tendedero

1 de octubre 2008

La ropa se mece ligeramente sobre la cuerda. Quince pinzas, de distintos colores. Dos camisas bailan como queriendo tocar el suelo, diez metros más abajo. La noche es fría; o tal vez no fría, pero menos cálida que las anteriores. Una pequeña brisa. El cielo es una especie de leche espesa que impedía el más mínimo dibujo.

Una estrella cae por el este justo por donde al día siguiente aparecerán los primeros rayos apuntando hacia el ocaso.

La ropa se mece suavemente, como dejándose llevar por una música antigua y dulce. Una pinza se suelta de repente y un calcetín se deja arrastrar al vacío. Estrellados, pinza y calcetín,  diez metros más abajo.

Y el viento silba sobre la cuerda.