Iridiscencias

19 de noviembre 2008

– Te amé. Durante ocho años te amé. Y pensé que podría haberte amado mucho más, por lo menos ocho más. Pero todo acabó. Ya no te amo. Ya no te amaré nunca más. No puedo seguir amándote como te amé estos ocho años en que te amé.

Se miraba en el reflejo del vaso mientras hablaba; la figura se estilizaba creando iridiscencias a causa de los cambios de fase e interferencia de las reflexiones de luz incidente. Pensó que parecía un espagueti. ¡Parezco un espagueti! Aunque no lo dijo.

– Ahora no te amo, creo que no podré volver a amarte nunca más. Al menos no creo que pueda volver a amarte como te amé. Durante los ocho años que te amé. -Le gustaba el trabalenguas pero intentaba dosificar cada palabra, despacio, para no causar daño. El mínimo posible.

– Recuerdo aquellos momentos en los que fuimos felices, no lo niego. Recuerdo cuando me llevabas al parque, cogidos los dos de la mano, a ver los gansos salvajes frente al estanque mientras el chorro de agua, justo en el centro, lanzaba un escupitajo infinito apuntando a las estrellas, arriba en un preciosos cielo azul. Recuerdo un beso. Y algo más. Pero ya no te quiero. Y creo que ya no te volveré a querer nunca más.

Se rascaba la nariz. Suavemente. En un gesto delicado, pero sin resultar cursi ni por el contrario demasiado grosera que pareciera que se estaba oliendo la uña, como de pequeña tanto le gustaba y ahora sólo hacía a escondidas cuando estaba segura, completamente segura, de que no había nadie lo suficientemente cerca como para apreciar la leve aspiración de su nariz.

– Lo tenemos que dejar. Ya no poemos seguir juntos. Tenemos que romper de alguna forma, para no volver. Tenemos que cortar esto que construimos durante los últimos años. Y no volver a intentarlo, ni siquiera para probar, ni siquiera para decirnos la última y no más. Ni siquiera para hacer como que no nos enteramos y lo hacemos sólamente porque nos dejamos llevar y porque no podemos resistirlo y porque después de tantos años juntos cómo no, ni una vez, podemos volver a estar juntos, un ratito pequeño.

– ¿Hablas en serio? -dijo él.

– No, claro; ensayaba -dijo ella mientras seguía observando su reflejo en una fina película de agua iluminada con luz blanca no polarizada en un vaso sobre la mesa.

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