Nota de cata

17 de noviembre 2008

El retronasal le recordaba a lencería de monja. Sí. Podía haberle recordado como otras veces a bayas: fresas, frambuesas, zarzamora o grosella, o, tal vez a fruta de árbol: cereza roja, cereza negra, a frutas frescas o a ciruela. Podía haber dicho: floral, sin duda, y haber recorrido el mundo de los pétalos de rosa, de violeta o de lila.

Había veces que algunos caldos le recordaban a hierbas, a pimiento, a olivo, salvia, anís o tabaco, y otras a plena tierra, hongo, tierra, alquitrán o trufa. Pero esta vez no. Hizo mentalmente un recorrido por todos los olores conocidos: carne ahumada, tocino, cuero, por el extenso mundo de las especias: canela, clavo y pimientas y por las maderas: vainilla, roble, humo y tostado. Pero no consiguió encontrar similitud.

Cumplió con toda la ceremonia. Inclinó la copa sobre fondo blanco para percibir el color y la intensidad. Dió varias vueltas al líquido para examinar las lágrimas que se formaban y caían a lo largo de las paredes interiores del cristal. Conocía ya el cuerpo, la textura y casi la graduación. Sujetó por el pie la copa y metió la nariz a fondo. Inhaló; profundamente intentando percibir todos los aromas. Giró la copa varias veces para liberar los compuestos y repitió.

No pudo evitarlo, y aún después de decirlo no sabía muy bien que había querido decir ni por qué. Pero no pudo evitarlo y lo dijo: El retronasal me recuerda a lencería de monja.