Agua

28 de octubre 2008

De nuevo comienza a llover. El agua en pocos segundos me llega a los tobillos. Siento el frío que va adentrándose poco a poco hasta rozar mi piel. Sube por las pantorrillas en una dulce cosquilla de invierno. Avanza rápidamente, vorazmente. Una lengua que se desplaza por mi piel humedeciendo cada poro en esa subida por mi cintura, el abdomen, el torso. Lanzo un alarido, no se si de placer o de miedo, cuando el agua asciende por mi espalda en dirección al cuello. Se que queda poco para que deje de llover, aunque el agua ya está en mi cuello y me acaricia la barbilla. Cierro la boca y respiro por la nariz; es un juego que se que no podrá durar más que unos segundos hasta que el nivel toque la punta de mi nariz. Y entonces, realmente, empezaré a temblar, pensando que tal vez esta noche no deje de llover, que tal vez hoy se retrase unos minutos y ya no haya marcha atrás. Es justo en este momento cuando paso miedo y olvido que, como cada noche, como en los últimos cuatro millones de años, la lluvia parará y de nuevo volverá a bajar, suavemente, por donde subió, en una larga y húmeda caricia.