El mejor escritor del mundo

13 de abril 2008

Y héteme aqui otra vez con la cuestión. El más grande no existe, ya lo dijo Newton. Borges, Witman, Dostovievsky. El mejor escritor será el que sus obras perduren a través de los siglos. ¿Y los vivos o los contemporáneos? Pues el más muerto, o el más vivo. Cervantes, Shakespeare.

Aquel que me hace sentir, gozar y llorar. Ay por Dios. Hablando del altísimo: la Biblia. Dios. Anónimo en ateos. Juan Rulfo, sin duda. El escritor mejor del mundo, y ¿la mujer más bella del mundo?.

Cortázar, Benedetti, Márquez. Que si hay que tirar para casa. ¿En qué lengua? Bueno, ¿pero hay una lengua para el mejor escritor del mundo? Español, sin duda. Jaja. Chino. O inglés. O suajili. Tagore, Hemingway (jemingüei pa los amigos), Oscar Wilde. Pero, el mejor escritor del mundo ¿para quiénes? Para los escritores. Vila Matas un punto. O para el vulgo lector. Tolkien y Ken Follet, dos a cero. Comprometidos. Aupa Galeano. Ensoñadores. Poetas o novelistas. Marvazi, Neruda o Pasternak. Y el ensayo. Ay Barico, que no me hago con tu ensayo, que me cuestas como un demonio. Yo te metía en la lista, pero cuando me metas en el taller Holden por la cara hablamos. De momento estás en la lista de las peores y mejores adaptaciones literarias al cine. Seda y Novecento. Empate. Y gracias que te pongo con los grandes.

Bueno, ¿estábamos con clásicos o contemporáneos? A mi me gusta el Granta, pero hay a quien le gusta el Siglo de Oro. Es cierto, un día conocí a uno. ¡Ay Rodríguez, está usted muy equivocado con esas lecturas que me trae, tanto jovencito escritor y sin leerse a los clásicos franceses y el siglo de Oro! Dolor de cabeza, siempre lo mismo, cuando entraba en la radio. hablando de dolor de cabeza, ya lo tengo: Proust.

El que a mi más me guste. Ahora si me has jodido. Yo quiero ser Paul Auster. Si, qué pasa. Podría querer ser Faulkner, pero me da mal rollo. O Salinger, ahhh, qué miedo. Bueno más miedo me da Dan Brown, pero eso es otra cosa. Yo quiero ser, de mayor, Auster. ya lo escribiré algún día.

Por cierto. El mejor escritor del mundo ¿es el que más vende? Porque en el podium se disputan la cumbre el Guiness de los Records, los Harry Potters y Lo que el viento se llevó. Ay madre si la Mitchell es la mejor escritora. Porque esa es otra, ¿es hombre o mujer? ¿Quién? El mejor escritor del mundo puede ser La mejor escritora del mundo.

La Biblia, o el Corán. Los upanishad o las citas de Mao. Por extensión. Galdós y sus episodios o un pareado de Machado. Y me salió un idem. La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido. El Nobel, el Goncourt o el Nadal. Nada es verdad, ni es mentira, depende del color del cristal con que se mira. El amigo Gille de nuevo.

Me debato entre los GRANDES. Si con mayúsculas. Y los escritores de mediopelo como yo (léase también de tres al cuarto). En minúsculas, of course. ¿Quién es el mejor escritor del mundo? me preguntas mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.

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Published in: on abril 14, 2008 at 9:08 pm  Dejar un comentario  
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Acelga cocida

27 de marzo

La casa apestaba a acelga cocida. Si, es cierto, tampoco era un olor muy desagradable, pero las paredes tenían ya la pátina de cientos de cocimientos. A ella le gustaban para cenar y en algún libro había leído maravillas de sus cualidades depurativas. Depurada. Esa era la palabra. O consumida. A sus 87 y medio -tenía esa costumbre de contar los medios- había llegado a un punto de consumo personal y físico que impresionaba. Los huesos parecían salirle por las juntas y daba a la ropa un arpecto de percha con pellejos oreando. Ella, sin embargo, se sentía bien. Ninguna enfermedad grave y unas piernas que aún le permitían bajar a la compra. Poco más. Sus salidas, se limitaban a la tienda y la frutería de la esquina. Se acabaron aquellos años de meriendas de churros con amigas en la Gran Vía. Se habían ido muriendo casi todas. Sencillamente. Y las que quedaban o estaban locas o en el asilo. Al menos ella era libre, tenía su casa, una pequeña pensión de viuda y nadie que la molestara. Hijos nunca tuvo y si le quedaba algún familiar era de una rama tan alejada que se habría perdido ya. ¿Qué va a quedar de esta familia cuando yo me vaya?, le repetía a la foto de un caniche blanco sobre la mesa. Muerto hacía más de veinte años. El caniche. Aunque ella le hablaba como si todavía viviera, en un tono infantil y dulce. Hacía años solía ir al cementerio a hablar con su marido. Pero un día se dijo: esto hay que enterrarlo; y no volvió más. Fue entonces cuando comenzó a hablarle al marco de plata del salón.

Lo cierto es que no sólo hablaba con el perro, hablaba con el album de fotos, con la colección de porcelanas de saldo y con las decenas de muñecas de pelo polvoriento que inundaban la casa. Consigo misma, cuando estaba huraña. Y con la tele: tu si que eres una buena amiga, siempre ahí; y lo que me ayudas y me entretienes. 24 horas encendida. Se había acostumbrado a su rumor bajito y le parecía casi que la mataba al apagarla por la noche.  Al hacerlo le recorría un escalofrío: ¿volverá a encenderse al día sigueinte?

Esa noche había cenado, una vez más, acelgas y se había quedado hasta tarde viendo uno de esos programas del corazón de sentiminetos de cartón piedra y lágrima comprada al peso. Hacía frío. La sensación en la casa era aún más desapacible por la humedad que subía por las paredes. Sin darse cuenta se había quedado dormida en algún momento en que una cualquiera despechada relataba las penurias pasadas con su exnovio torero. Ahora la pantalla se había convertido en el reino del tarot y la adivinación y proyectaba sobre las paredes sombras fantasmales. No volvería a apagarla.

Published in: on marzo 28, 2008 at 6:16 am  Dejar un comentario  
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