Diamante

7 de enero de 2009

Era el más bello entre todas las joyas del escaparate. 565 euros en una pequeña notita apenas visible desde el cristal, pero que le enorgullecía como lo más caro de aquel paño rojo. Sus compañeros, una gargantilla, unos pequeños zafiros en pendiente, un sello de oro y unos gemelos no llegaban ni a los trescientos. Él era el diamante, y lo decía como si dijese yo soy el rey de la selva. Soy lo que véis, limpio y transparente. Pero la verdad es que las luces de la calle disparaban cientos de brillos alrededor. Le gustaba pavonearse, cegar con sus destellos a sus compañeros de escaparate, ocupar el centro de todas las miradas. Fueron dejándole sólo en sus aires de grandeza, la plata salió primero, las perlas, el oro de tres colores, incluso algún que otro titanio. La bisutería era la reina. Todo. Menos aquel facetado iridiscente, magnificente, prepotente y engreído brillante. Hoy entraron rebajas y lo bajaron de nuevo a la cámara hasta las siguientes navidades, en una oscura cajita de terciopelo negro.

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