Wall Street

2 de octubre 2008

La blackberry no había dejado de sonar todo el día. Aquella semana había empezado mal y no tenía intención de terminar mejor. El crack de los mercados al otro lado del charco se dejaba sentir, y sabía que tarde o temprano pasaría factura. A él se le había acumulado todo en los últimos dos días: el cierre en el Ibex de 15 puntos a la baja de su compañía provocaba una reacción en cadena de ventas, compras, reuniones del Consejo, decisiones que ene último momento se echaban atrás, análisis y contranálisis. En los últimos cinco días llevaba una media de tres horas de sueño. Había cogido cuatro aviones y cerrado operaciones in extremis para intentar salvar a la desesperada a la empresa que le había contratado ocho años atrás recién salido de su MBA fulltime en una prestigiosa escuela de negocios europea.

Era de Valladolid, de un pequeño pueblo de valladolid. Su padre, contable en una pyme cárnica. Él había querido demostrar hasta dónde podía llegar: el mejor en su promoción, contratado recién salía de la escuela y un currículo de acciones y operaciones bursátiles realmente envidiable. Siempre se había sentido orgulloso de si mismo y de su carrera. Era un triunfador.

Pero hoy se lo planteaba todo. La caída de mercados había arrastrado algo más. Empezaba a no gustarle aquel mundo que había ido creando y que ahora le engullía. Se cuestionaba si valía la pena el esfuerzo, si tenía sentido aquello. Eran las cuatro de la madrugada, y con una taza de café sólo revisaba los últimos informes y el cierre de los mercado. Sabía que el día siguiente no sería mejor.

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