Dolor

9 de noviembre 2008

No buscaba la felicidad, tan solo avanzaba.En la única dirección posible, la del no dolor. Evitaba aquello que pudiera hacerle daño, lo que pudiera herir, las cosas que hacían llorar. Lo cierto es que nunca había conocido la felicidad, pero su vida era un cúmulo de dolores diferentes, desde su nacimiento, su niñez en aquella casa, su primer amor -por decirlo de alguna forma-, el primer marido, el segundo, incluso aquel chantajista que la dejó embarazada al morir Harry. Su vida había sido un catálogo de dolores, desde los más ínfimos, aquel pequeño dolor de clavarte una astilla en el dedo al limpiar la baranda del porche, a aquel que crees jamás vas a poder soportar, y crees morir y crees que no hay nada más allá, porque es imposible ya sentir, como cuando se murió el pequeo Teo, tan pequeño, tan mi amor, tan niño, tan sin poder hacer nada una tarde mientras todos estaban fuera con aquella botellas de gasolina en el garaje.Tan duros los dos días en la únidad de quemados viendo aquel cuepecito chamuscado, luchando con la muerte. Tenía un historial ejemplar de dolores varios, desde los tres años con aquel cabrón de padrastro en el viejo cobertizo del jardín, hasta el encarcelamiento de su último marido.

Muchas veces creyó que ya no iba a ser capaz de vivir después, pero muchas veces descubrió que cuando el door pasa la vida sigiue. Aunque vaya dejando cicatrices.

Y allí estaba, una vez más, intentando recuperarse de la última, intentando secar la cicatriz. Su vida buscaba ya no la felicidad, pero no queríoa encontrarse de nuevo con aquel viejo amigo que le acompañaba desde pequeña. Sabía qe otra vez aparecería por cualquier parte. Colgó el abrigo en la percha detrás de la puerta de entrada y se marchó a la cocina a por un vaso de agua.

Ataque al corazón

1 de mayo 2008

Era un dolor agudo en el pecho. A la izquierda. Le obsesionaba desde que lo leyó en Internet: el ataque al corazón comienza con un agudo dolor en el lado izquierdo del pecho, a la altura del corazón. Dolor en el pecho con una intensidad que aumenta. Piel sudorosa, fría, pegajosa y, o pálida. Falta de respiración. Náusea o vómito. Cansancio o debilidad inexplicables. Pulso rápido o irregular. Había leído todos los síntomas y hacía el recorrido mental por ellos mientras bajaba con el perro por la calle de la Madera: dolor o opresión en el pecho que dura más de unos minutos.  Aumento de la frecuencia cardíaca. Los tenía todos. Bueno, todos menos uno: Sensación de muerte inminente. Nunca supo qué querían decir con sensación de muerte inminente; ¿sería lo del tunel y ver tu vida correr como en una peli rebobinando?. Eso no puede ser un síntoma, pensó.

De cualquier forma estaba seguro que sufría un ataque al corazón. Solía llevar siempre en el bolsillo una aspirina para echarse bajo la lengua al primer síntoma. ¡Te pude salvar la vida! le había dicho un médico amigo. Pero la había olvidado en casa; había salido sólo a sacar al perro y comprar el periódico y no había tomado precauciones.

Apretaba el móvil en el bolsillo, premarcando el número de casa. Pensaba si le daría tiempo en el caso de un ataque repentino, de llamar a casa, hablar con su mujer y transmitirle la alrma. Pensaba cuál debería ser el mensaje para hacerlo corto, directo y dando las coordenadas de donde se encontraba. El dedo preparado para pulsar sobre la tecla verde. El dolor en el pecho cada vez más intenso.

Era el tercero que sufría esa semana. Bueno, para ser correctos diremos que era el tercer falso ataque al corazón que le daba en los últimos cinco días. Empezaba a repetirse con frecuencia. El dolor que siempre le daba a la mañana siguiente de haberse quedado dormido en el sofá, medio retorcido, con el portátil encima tratando de escribir.

Published in: on mayo 1, 2008 at 11:32 pm  Dejar un comentario  
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