El escondite

28 de agosto 2008

Fue casi de casualidad. Ya andaba en otras cosas cuando de repente lo ví asomando una frasecilla por debajo de aquel mueble: “olía a pvc, como huelen los flotadores recién abiertos de verano”. Miré debajo de las patas de aquel viejo mueble y lo recordé. Era uno de aquellos viejos cuentos olvidados, uno de esos embriones que terminaron , sin saber cómo, perdidos en el olvido. Me ocurría con cierta frecuencia, que iba perdiendo cuentos por cualquier sitio. Nacían mientras andaba por la calle, mientras iba en metro o intentaba cojer el sueño en la cama; y siempre ocurría lo mismo: juraba no olvidarlos al día siguiente, correr a la primera oportunidad a tomar unas notas sobre papel. Siempre decía: que no se me olvide, no puedo dejarlo; a la primera que pueda lo escribo. Pero siempre también ocurría lo mismo: terminaban olvidados. En cualquier parte.

Y estaba a punto de descubrir dónde iban aquellos cuentos perdidos. Me agaché para ver más de cerca de dónde procedía aquella frase que se asomaba bajo el mueble y descubría que salía de un pequeño agujero de la pared. Retiré los muebles y acerqué una luz para ver qué había dentro de aquella pequeña cavidad. Sorprendente. En una especie de habitación contigua a la del salón se extendía hasta no se muy bien dónde y estaba repleta de infinidad de relatos olvidados. Se me escapaban las lágrimas al recordar pequeños escritos de la infancia, poemas de amor de adolescencia y alguna que otra vivencia de no hacía mucho. Había decenas. Decenas de relatos que en algún momento imaginé y que nunca se convirtieron en cuento. Todos habían terminado en aquel lugar, recogidos por los tiempos de los tiempos. Decenas de cuentos y  algún calcetín desparejado.

Hoy me he dicho: que no se me olvide, no puedo dejarlo; a la primera que pueda lo escribo.

La rana y la princesa

24 de julio 2008

La princesa acercó suavemente sus aterciopelados labios a la rana. Cerró los ojos, soñando con un príncipe de anchas espaldas y rubios cabellos. Tan sólo fue tocar los labios y obró el encanto, zasss: la princesa se convirtió en un bello anuro de largas patitas y verdes ojitos.

– Ahora te jodes -pensó la rana- republicana hasta las ancas.