Pastillas para la tensión

12 de abril de 2008

Llevaba más de treinta años tomando aquella pequeña pastilla azulada. Siempre a la misma hora, después del primer café, descafeinado, de sobre, medio, con dos de azúcar. Se había convertido en una especie de ritual. No podía empezar el día si no había ingerido antes aquella pequeña porción química. Glub, la pastilla. Su amigo azul le daba cierta sensación de control de su vida. Y detrás, un gran vaso de agua. Glub, glub, glub. Ya está. Era el pistoletazo de salida para echarse a andar.

Hacía más de treinta años que luchaba contra la tensión alta. La verdad es que no sabía si aquella pastilla seguía haciendo el mismo efecto o, si su tensión habría vuelto ya a un rango que se pudiera calificar como normal.

Se la disgnosticaron hacía más de tres décadas y nunca desde entonces había vuelto al médico. Nunca. Le producía una terrible sensación de vacío sólo pensar que podía haberse recuperado y que el médico se la retirase.

Published in: on abril 13, 2008 at 9:09 pm  Dejar un comentario  
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Ni hao ma

9 de abril 2008

Ni hao ma. Era su forma de decir qué tal, cómo estás. Lo reservaba para los compatriotas que cruzaban frente a su puerta. Casi todos relacionados de alguna forma con la venta mayorista. Llevaba tres meses regentando la tienda, era el encargado, y podría decirse toda la plantilla de la casa. Después de casi cinco años en Madrid. Había trabajado en otras tiendas, ayudando en la descarga de paquetes, en la reforma de varios locales y hasta en la cocina de un restaurante asiático. Pero de todos los trabajos por los que había pasado, era éste, el de encargado, el que más le había gustado. Aunque sólo fuese él, y la tienda no fuese más que cuarenta metros de planta, lo de encargado le daba cierto estatus entre la pequeña comunidad de aquella calle del Rastro.

Trabajaba de sol a sol. No sabía otra forma. La mitad de lo que ganaba lo ahorraba y soñaba con regresar algún día,cuando las cosas fueran major en la gran patria.

La verdad es que pese a su edad, y un buen don de gentes, los comienzos en Madrid no le fueron muy fáciles. Ahora los recordaba con una sonrisa. Ahora que empezaba a acomprender los rótulos de las calles. Tal vez fuera eso lo que más trabajo le había costado, adaptarse al idioma. Los números los dominaba a la perfección y el lenguaje lo suficiente para cerra un trato y poder leer las etiquetas de los productos. Añoraba su tierra, la familia y el puerto de Wenzhou. Cualquier cosa mejor que montar mecheros Tiger en la fábrica de su ciudad por apenas 100 euros. Por eso emigró. Y para mandar algo a sus padres, que seguían viviendo en el campo. No se arrepentía de largo viaje, de las dificultades y de los últimos años en Madrid. Ahora el futuro parecía sonreirle.

El día se había dado bien. Un matrimonio de Cáceres había llegado a media tarde y se había llevado casi dos mil euros en mercancia. Camisetas, chaquetas y pantalones de mujer, al por mayor. Modas Maricarmen en la factura.

Hoy se lo merecía. Cerraría más pronto que de costumbre y como cada noche pasaría por el bar de la esquina a tomar algo.

-Hola Juan. Le provocaría Manolo, el tabernero.

– Guo. Cheng Guo. Le corregiría un día más él, como parte del juego.

– Marchando caña y pincho de tortilla para el amigo Juan, repetiría como de costumbre Manolo.

Published in: on abril 10, 2008 at 9:47 pm  Dejar un comentario  
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