Arrugas

31 de octubre 2008

Tuvo constancia de la muerte. No sabía cuándo iba a morir pero sabía, ahora sí, con seguridad, que moriría. Era una sensación podríamos decir absurda, ya que era evidente que moriría, todo moriremos alguna vez, no era un gran descubrimiento. Pero no era sólo saber, física o biológicamente, que su cuerpo moriría, sino era más bien una especie de sensación, como cuando puedes adivinar el sabor de un plato sólo al verlo; la saliva empieza a reunir jugos y comienzas a sentir los ácidos, los salados, dulces o amargos. Lo mismo, podía sentir el sabor de la muerte en sus huesos, aunque no supiera el día del banquete.

A partir de ese día todo su yo se fue preparando para la ocasión. La piel empezó a resecarse y dibujar arrugas, que se cruzaban, amontonaban, separaban y volvían a unirse, como los caminos en el campo. Las uñas perdieron brillo y empezaron a crecer con un cierto color grisáceo. También nubló el pelo, hasta entonces oscuro y sedoso. Los cabellos ralaron y se ensortijaron. La carne iba desapareciendo de las mejillas, de los dedos de las manos y de las nalgas, dejando asomar el duro músculo, y las manchas, como un ejército de pecas escondido para el asalto durante una eternidad, comenzaron a aflorar como liquen en los árboles. Parecía que alguien o algo quería devorar aquel ya decrépito cuerpo. Y cuanto más pensaba en la muerte, más se aceleraba el proceso.

Y un día, al borde mismo del abismo, con un pie más en aquella que esta vida pensó en lo que pasaría después de la muerte. Y supo que volvería a vivir; no había nada realmente que le mostarse evidencias de aquello que acababa de pensar, pero lo sabía, su cuerpo volvería a florecer en otro ser. Tuvo constancia de la reencarnación.

Y una pequeña arruga, debajo del párpado, estiró y estiró hasta desaparecer.

Arrugas en Brooklyn

23 de junio 2008

Veía llover sobre los cristales de la ventana. La única ventana en su apartamento  de Franklin Street. Llovía a mares. Buscó una toalla para ponerla bajo el marco de la ventana. El granizo golpeaba contra el cristal y en agua empezaba a calar. A través de la lluvia el semáforo con la Sexta cambiaba rítmicamente rojo, naranja, verde. Coches, que paraban conteniendo el rugido de sus motores, bajo un gran cartel que tapaba una mediana en el viejo barrio. “Fruits now comes with attitude”. Rojo, naranja, verde. Rojo, naranja y verde. En intermitencias sobre su cara, que ahora se reflejaba en la ventana como en un espejo. Por primera vez tuvo constancia de las arrugas de su cara.