Freno

4 de noviembre 2008

En el último momento pudo pisar el freno. Fueron unas décimas de segundo, tal vez menos, pero en esa rara sensación de poder ver pasar la vida entera en los momentos anteriores a la muerte, le dió tiempo para pensar en lo que estaba a punto de hacer, a barajar las distintas opciones que se presentaban ante él, las consecuencias de cada una de ellas, su vida o su muerte en cada una de ellas. Pensó en asumirlo todo, aceptar que había sido un error, pero que no merecía la muerte. Con el tiempo lo superaría; no sería fácil, pero era una cuestión de tiempo, y de superar los primeros momentos. Analizó la opción de seguir como hasta ese momento, haciendo como que nada había ocurrido, engañándose a él y a todos. Hacer como que no pasaba nada era la opción más fácil y menos dolorosa en el corto plazo, pero no podía seguir viviendo en aquella mentira, levantarse cada mañana pensando en disfrazar su vida con algo que no era. Y pensó en la tercera de las opciones, sin duda la más drástica. Y no era porque le asustase el momento, ni el dolor, ni le faltase valentía. No creía que hubiera nada más allá, por lo que tampoco sentía miedo a lo que podía encontrarse. Lo que le obsesionaba era errar, no llegar, fallar y no completar el plan; era una opción no válida, que combinaba casi todo lo peor de las anteriores.

Lo había analizado fríamente, o al menos, con la frialdad que podía tomarse las cosas en su situación. Sin duda no era objetivo, pero tampoco pensaba que la decisión necesitase más meditación ni más análisis. Por eso, cando toda la vida le pasó por delante, como suelen decir los que han vivido una experiencia similar, a cámara rapida y volvieron a planteársele las tres opciones le pareció que ya no había nada más que hablar.

En el último momento pudo pisar el freno. Pero no lo hizo.

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Breve

9 de octubre 2008

Daba vueltas alrededor de la luz. No sabía bien por qué. Era una atracción intensa, algo que no podía resistir y que le impedía ni siquiera plantearse por qué lo hacía. Era tan bonita, tan brillante. Se estaba tan bien allí, tan calentito. Tenía clara su misión en la vida y cómo quería pasar el resto de sus días. Tal vez no se hiciera más preguntas, tal vez no se planteara una alternativa, tal vez no pensara que había otra vida más allá. Seguro no se cuestionaba por qué daba vueltas sin cesar a aquella bombilla de 40 watios. Ya no era huevo, ya no era cresa, ya no era ninfa. Ya era un adulto. Una mosca adulto. Lo que no sabía era que le quedaban tan sólo dos días de vida.