Viejas

10 de enero 2008

Desde hace mucho tiempo mantuve una teoría: existían diferentes especies, o subespecies, dentro de la humana. Una cosa así como en la Guerra de las Galaxias, que habían más de seis millones de billejos de distintos planetas y sistemas. Hay uno de estos especímenes que a mi me ha llamado durante mucho tiempo la atención: es esa viejecilla pequeña, que te encuentras siempre de repente, al doblar una esquina, cargada de bolsas verdes, o arrastrando un desvencijado carrito de compra del que siempre salen unos nabos o un poco de perifollo. Nadie repara en ella, porque es la no existencia, andan muy despacio, arrastrando unos pies enfundados en botines de andar por casa normalmente de un color pardo y casi nunca a juego con los calcetines, tobilleros y montados sobre unas medias o leotardos también pardos. Estas abuelas siempre llevan el pelo corto, normalmente desordenado y perinado a lo chico, sin pintar y lleno de canas; alguna vez una gran horquilla sujeta el flequillo, pero lo más usual es una cresta por la parte trasera fruto de muchas horas de molde de sillón de orejas. Nadie las ve, nadie repara en ellas, porque, como digo, paracen no existir, parecen ser el últim álito de algo que ya está en otro sitio, la cola fugaz de algo que brilló hace mucho tiempo, pero que es ceniza, apenas pavesa de fin de fuego. Cuando yo las veo intento hacer recuento de la cantidad de capas que llevan encima; estoy seguro que no tienen más armario que lo que llevan encima y que no cambian de ropa de la noche al día. Las capas de ropa, de toda una extensa gama de grises y negros, se amontonan como en una cebolla, dando un aspecto de vieja pelota acolchada. Tal vez como las serpientes van mudando capas entre el invierno y el verano, son seres atérmicos que no necesitan cambiar la vestimenta de una estación a otra. Siempre las encuentras paseando por la calle, tirando del carro, haciendo multiples paradas a un lado de la acera, quietas como estatuas de sal, oteando el horizonte. No, no se paecen en nada a ese otro especimen de vieja de carnicería, que frecuenta cada día los mismos establecimientos, para comprar un día un pepino, el otro un hueso de cerdo, para llenar así, con calor de tendero, una casa vacía. No, esta otra nunca entra en ningún establecimiento, siempre anda y anda y anda. El otro día e pase todo el dí persiguiendo a una, intentando desmontar esta teoría pero vagó todo el día de una calle a otra sin ni siquiera entrar en una cafetería a hacer sus más básicas necesidades. Claro, yo creo de todas formas, que son seres preparados para valerse en estas condiciones y no sufren dolor por entumecimiento de los sentidos. Nunca hablan. O tal vez sea que no escuchan. Parecen murmurar una lejana letanía en una boca desierta de dientes, y cuando pasas a su lado muchas veces se quedan mirándote como si te penetrasen, como si pudieran atravesar tu piel y ver lo que hay más allá. A mi se me congela la sangre. Me sorprende la homogeneidad de esta especie; en otras hay muchas sub sub especies, pero en ésta los rasgos parecen calcarse de una a otra, los modos, hábitos y costumbres son extraordinariamente coincidentes.

Llevo años, persiguiendo y catalogando a esta especie, pero hoy he tenido una duda. Algo en lo que no habia pensado antes. ¿Y si sólo existiese un ejemplar de esta especie, que se moviese, invisible a las miradas, a una gran velocidad que le permitiera parecer estar en distinto sitios simultáneamente? Llevo meses investigándolo, y, la verdad, tiene coherencia, y los pequeños detalles: una carrera en a media, un mechón levantado a la altura de la oreja, el color del perifollo, parecen coincidir de unas a otras. Estoy completamente convencido de mi teoría, tanto que he decidido buscarla y hablar con ella. Llevo más de una semana buscándola, pero ha desaparecido.

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Published in: on enero 11, 2009 at 10:16 am  Dejar un comentario  
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