Navidad 2. Gambas.

23 de diciembre de 2008

Era el último trabajo de aquella noche antes de la cena. Como otras tantas veces tapaba la cabeza con el paño verde y describía una gigante i griega  lo largo, desde las clavículas hasta más abajo del ombligo. El cuerpo estaba blanquecino y la piel acartonada, aunque para él aquello no era especialmente llamativo. No era la primera vez que tenía que realizar la autopsia a un ahogado, una mujer de unos cuarenta y cinco años aproximadamente en este caso. Todo parecía indicar que llevaba más de tres días muerta pero había que esperar al análisis forense para disipar las dudas de lo que parecía más evidente: un suicidio.

Continuó, como otras veces, levantando la piel sobre los dos brazos de la i limpiando tráquea y esófago, dejando también al descubierto cmo dos hilos viscosos yugular y carótida. Con el descarnador fue separando la piel a lo largo con una habilidad de miles de trabajos previos. Al abrir el abdomen las vísceras duplicaron su volumen derramándose sobre la mesa de bordes sanitarios.

No quería perder mucho tiempo, la luz lechosa de aquella mesa de trabajo le intensificaba el dolor de cabeza y necesitaba salir a la calle a tomar algo de aire. Además le faltaban todavía algunos regalos por comprar, entre ellos el de su cuñada, y la excusa del trabajo no serviría un año más. Recogió las muestras obligadas, y sin esperar a la sierra mecánica, que ya por defecto tenían casi todas las unidades de la sala, utilizó las tijeras grandes para abrir un paso entre las costillas hasta el esternón y continuuar así con la extracción de los pulmones. La operación duró apenas media hora y parecía indicar, aunque la conclusión debía firmarla el forense, una muerte sin violencia, ahogamiento como causa y casi una semana de la fecha de la muerte. En un bote de plástico transparente una muestra de una pequeña gamba, junto al resto de las extracciones. Decenas de pequeños crustáceos se alojaban ya en su estómago, como suele suceder con los ahogados en mar, alimentándose de los restos orgánicos de sus intestinos.

Cuando llegó a casa, cargado de bolsas de regalos -el chal para su cuñada en el fondo de una de ellas aun sin envolver- todas las caras se giraron para darle una impostada bienvenida navideña. Feliiiiznavidaaaaad. De fondo un villancico sonaba como la banda sonora de una telecomedia. Su mujer, tres hijos, en orden cronológico, los de su cuñada y su hermano, también tres, en orden inverso, sus suegros y la tía Florence se le antojaron un cuadro de Rembrant alrededor de aquella gran bandeja de langostinos.

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