Decrecer

24 de abril 2008

Fue al llegar a los ochenta. Un buen día se levantó de la cama y se dió cuenta que tenía mejor aspecto, como si hubiera rejuvenecido veinte años. La piel estaba más tersa, las manchas que tanto le afeaban las manos habían desparecido y el pelo, estropajo gris, lo sentía como más sedoso. Y no era sólo físicamente, se sentía mejor por dentro. Con ganas de pasear. Se calzó, se vistió en un periquete y salió a dar una vuelta. Se sentía con fuerzas y parecía que no le cansaba la caminata. Comió un buen cocido, de menú, y por primera vez en años no se sintió pesado. Que bien le veo esta mañana, le decía Antonio el camarero; Está usted más joven don Julián le espetó la panadera.

A la mañana seguiente se sintió más grande, como si hubiera estirado, y el pelo abundaba en su cabeza con un brillo negro increible como a los cuarenta. Sentía ganas de vivir; se dió una ducha rascándose bien una nueva piel fresca y tersa: las arrugas estaban desapareciendo y los pellejos que hacía dos días colgaban de sus brazos parecían haberse rellenado. Salió de nuevo a la calle y quiso correr, sentir el aire frío cortando su cara. Tenía fuerza dentro y quería probarse. Estuvo corriendo durante casi dos horas, pero sus piernas parecían no notar tan colosal esfuerzo. Se dió cuenta que la gente del barrio no le saludaba y pensó que era imposible haber cambiado tanto como para no ser reconocido. Se quedó de piedra al mirarse al espejo en casa y descubrirse asímismo cuarenta años antes. No podía encontrar una explicación a lo que ocurría, pero tampoco le importaba. Se sentía bien y quería vivir. Le daba igual que fuese una rara enfermedad o un milagro, lo cierto es que estaba rejuveneciendo de una forma prodigiosa.

A la tercera máñana sintió bajo sus calzoncillos que algo luchaba por salir. Sintió rubor al mirarse al espejo y descubrirse con veinte años. Guapo, alto, esbelto, como nisiquiera él se acordaba haber sido. Le daba vergüenza salir a la calle y ser reconocido, además, cómo iba a vestirse, nada parecía cuadrar con aquel nuevo cuerpo. Como pudo sacó algo decente del tendedero del vecino en el patio, y salió a la calle. No podía contener una fueria tremenda en su entrepierna; sus ojos escrutaban el horizonte en la calle buscando las más bellas chicas, parándose en los escotes y faldas. Y notaba que ellas le devolvían la mirada con cierta provocación. Esa tarde terminó compartiendo cama con una belleza mulata de treinta años llamada Isabel.

No podía ser más feliz. Era ese el mejor regalo que le habían podido ofrecer los dioses. Era como un regalo de espedida a la vida. Dos mañanas antes pensaba que sus días estaban ya contados, y que vivía una especie de tiempo extra. Como fuera que fuese le parecía que aquel rejuvenecimiento repentino era una especie de despedida de la vida, un regalo a los que iban a morir, en sus últimos días. No le importaba, quería disfrutar plenamente de esa nueva juventud.

A la cuarta mañana, sintió algo frío alrededor. Un gran mancha amarilla envolvía el colchón dándole un húmedo y frío despertar.

Published in: on abril 25, 2008 at 8:09 pm  Dejar un comentario  
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