Nada más verla

15 de abril 2008

Nada más verla se enamoró de ella. Como cada noche salía al balcón a fumar un cigarrillo. Veía la calle a todo lo largo, la iglesia al fondo y las tiendas de chinos abiertas en la madrugada. Parejas que buscaban algo abierto donde aparcar la soledad acompañada. Y la vió a través del cristal. El tercero derecha de la casa roja, justo enfrente de su balcón, un piso por debajo. Fue como un flechazo que le dejó durante diez minutos pegado a aquella ventana.

A partir de aquella noche no veía el momento de fumar aquel cigarillo y detenerse en el tercero de la casa grande. Justo a las diez y media. Nunca aparecía antes. Ella encendía la luz y el mundo se iluminaba para él. Al principio se contentaba con ver simplemente que estaba allí otro día y pasar un rato observando sus movimientos. En pocos días, ya era capaz de adivinar qué estaba haciendo en cada momento y qué sería lo que haría justo después. En semanas sabía, cuál sería la cena y cuándo abriría el libro. Había memorizado cada uno de sus movimientos y los minutos que ella pasaba fuera de su campo de visión, porque pasaba a otra habitación o porque se escondía en algún ángulo muerto, se le hacían eternos.

Cuando ya no había nada que no supiera de ella, compró unos prismáticos y se acercó aún más. Leía cada línea del libro que, como cada noche, abría tras la cena y casi podía oler su aroma o acariciar su pelo negro.

Uno de los días se sorprendió hablándole, como si realmente estuviese allí dentro, en aquella habitación, en su vida, y decidió que debía dar el paso. Pensó en preguntar a algún vecino, tal vez a la panadera con la que tenía buena amistad, Era la mujer de su vida y se merecía, sin duda, un pequeño esfuerzo para demostrárselo. Llevaba casi diez meses observando cada uno de sus movimientos con detenimineto. No podía haber persona en el mundo que supiera más que él de aquella chica de pelo negro y pijama a rayas.

A la noche siguiente no volvió a aparecer, ninguna luz se encendió, ni a las diez, ni a las once ni en toda la madrugada. La pasó pegado al balcón. Tampoco la siguiente, ni las restantes. Durante un mes acudía a la cita puntualmente y la luz de aquella ventana no volvió a a encenderse. Como si se la hubiera comido la Tierra. Ni rastro.

Hasta una noche. Habían pasado ya dos meses de la desaparición y volvió a salir al balcón. La ventana iluminada. Pero en vez de la chica de pelo moreno una nueva vecina de pelo cobrizo y corto se sentaba en el mismo salón. Nada más verla, se enamoró de ella.

 

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