El gordo

4 de abril 2008

Le llamaban el Gordo. Así, como si fuera su nombre. No se acordaba bien desde cuándo, pero posiblemente ya naciera con ese mote. Alguien posiblemente cuando lo vió después de nacer dijo: menudo, ¡cómo está de bien el gordo!. Y ahí se quedó para siempre. No siempre estuvo excesivamente obeso. Pasó sus más y sus menos. Pero los más parecían haberse apoderado de los últimos años. Y los más iban cada vez más a más.

En los últimos años, a raíz precisamente de lo del trabajo -no le gustaba pronunciar la palabra despido y se refería a eso, a lo de mi salida, a cuando lo dejé- había empezado a ser muy procupante su sobrepeso. En los últimos 14 meses había duplicado, si duplicado, su volumen. El médico -no le gustaba llamarle psicólogo, ni psiquiatra, ni loquero, sino más bien el médico, nutricionista, mi amigo alguna rara vez- intentaba aliviar primero la cabeza para pasar luego a la barriga. Pero decidió cambiar el orden por la urgencia de lo segundo. De cualquier forma todo está relacionado, -o muerto el perro se acabó la rabia- como le gustaba mejor decir.

Había pasado ya lo más duro del invierno y el armario era la prueba de fuego cada mañana. Aprovechando que ya nos salía de casa, y la compra la hacía por Internet, vestía un amplio pantalón de chándal y una sábana atada a los lados con imperdibles a modo de camiseta. Los plieges de carne formaban ya unos surcos en carne viva que le jalonaban medio cuerpo, por lo que era mejor llevar cuando más piel al descubierto posible.

La última dieta la había empezado hacía más de cuatro meses pero sólo aguantó día y medio. Desde entonces, había decidido pasar página. Hasta dónde llegue. Y ese lugar no estaba ya muy lejos. La piel se había estirado al límite, las estremidades perdido la poca movilidad que ya tenían y necesitaba cerca de media hora para moverse de un sitio a otro de la casa. Por eso la última compra fue brutal: veintisiete bolsas de las grandes del super punto com que ordenó dejasen alrededor del sillón, adaptado a su anchura, para no tener que moverse ni a la cocina.

Confundía la noche y el día y no era consciente de las horas que pasaban. La vigilia y el sueño se fundían en un torrente sólo unido por el deglutir de alimentos. Al principio, abría las latas de forma escrupulosa y las comía sirviéndose de cubiertos, pero conforme los días pasaban utilizaba ya sólo las manos, las uñas pequeñitas rodeadas de carne, mezclando de aqui y allá sin buscar combinación culinaria posible. Se limitaba a masticar. Y se había convertido en obsesivo, no parar de masticar cualquier cosa. Evitar los espacios vacíos.

La cosa empeoró cuando las bolsas que tenía más próximas se fueron acabando y la comida a medio abrir empezó a estropearse: un olor a podredumbre fue invadiendo la habitación y el moho campaba entre bolsas y restos de alimentos. Llegados a ese punto, había perdido la noción del gusto; por exceso, sus papilas se habían acartonado y la lengua y encías, en carne viva, mezclaban sangre con una especiedecualquiercosa que dejó de tener aspecto de comida. En la locura engullía los alimentos sin nisiquiera abrir, plásticos, precintos, bandejas, todo valía si era masticable.

Pafffff.

Fue un sonido sordo, seguido de un lijero gorgoteo, gluc, gluc. No fue una explosión, ni una detonación, sino más bien como un globo reventado bajo una manta gruesa. Paffff. Y luego un viscoso gluc, gluc. Explotó -o como le hubiera gustado decir a él-, ya no pudo comer más. El sillón quedó cubierto de una masa grasienta de comida a medio deglutir, intestinos, sangre y una pasta, más bien espesa, color vainilla. En las paredes, trozitos de mortadela, pepinillo y pizza sobre una mostaza que caía a gotas. Gluc, gluc.

Dicen, que sepa usted si es verdad, que cuando encontraron sus restos a la mañana siguiente, la dentadura todavía seguía masticando.

Published in: on abril 6, 2008 at 8:38 pm  Dejar un comentario  
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