Seaheaven

18 de mayo 2008

Si, ya se que no es una idea muy original y que hay mucha gente que lo ha pensado algua vez: creo que vivo dentro de una peli. Pero es que yo estoy seguro. Paseo por la calle y de vez en cuando veo el cartón de los decorados y cómo la gente interpreta sus papeles sólo delante de mi. El otro día me dí una vuelta rápido para ver lo que ocurría a mis espaldas -lo hago bastante- y les pillé: allí estaban aquellas dos chicas paradas justo después de haberse cruzado conmigo un instante antes en bicicleta. Y las sorprendía paradas  a tan solo cinco metros observando cómo yo seguía con mi paso, y esperando, tal vez,  nuevas indicaciones para actuar. Otras veces me doy cuenta -cuando sabes el engaño no es difícil- que mucha de la gente con la que me cruzo es repetida, vamos que primero veo a un señor de bigote en la pescadería y luego me lo encuentro en el bar de un poco más arriba tomando un café. Al mismo. Algunas veces le quitan el bigote y le ponen gafas.

Y la verdad es que me gustaría conocer al director de todo esto, porque no se que esperan de mi. Llevo una vida más bien mediocre, no tengo trabajo y mi novia me abandonó hace unos meses. Mi casa es una mierda, pequeña, sin luz, sucia y salvo pasear de arriba a abajo, sin mucha lógica, poco más hago en el día. Vamos, que si yo fuera el espectador de mi vida cambiaría rápido de canal.

Por eso ayer pensé en suicidarme, pero en el último momento tiré las pastillas por el váter; no se, me da palo dejar a tanta gente en el paro.

Santa Isidra

17 de mayo 2008

Contemplaba, sin entender muy bien lo que ocurría, cómo su nieto César pintaba aquel graffiti en la pared del centro okupado. Se llamaba Isabel y tenía 84 años. Chulapos queer y chulapas con mantones comprdos en el chino bailaban a ritmo de Rafaela Carrá en aquella nave en ruinas de Legazpi. La verbena transmariboyera ponía contrapunto a las casposas fiestas de la capital.

-Vámonos al baile abuela -le había dicho, cuando la sacó esa tarde de la residencia. Se había puesto un pañuelo blanco, un clavel en la cabeza y su mantón de Manila bordado a mano, como en los viejos tiempos. En una mano sostenía una litrona y en la otra el abanico.

Simrad

16 de mayo 2008

Intentaba repetir mentalmente las cinco palabras del Simrad, los cinco nombres que no podían escribirse, que la protegían contra la negatividad. Su repetición constante formaba un escudo que protegía la mente de las impresiones negativas provenientes del ambiente y la purificarían . El alma comenzaba a despertar, había dicho el Maestro durante la conferencia de esa tarde sobre meditación en la luz y sonido interno en el hotel Suites Viena. Intentaba practicar las enseñanzas del maestro Pepe Albarracín, discípulo del gran Sant Baljit Singh, pero el ruido de la calle a esa hora le impedía concentrarse. Repetía una y otra vez las cinco palabras para alejar la negatividad, pero empezaba a enojarle el barullo de la calle y los contínuos tropiezos con la gente que subía por Fuencarral a toda prisa. Una y otra vez volvía a intentarlo, concentrándose en as enseñanzas que acababa de recibir, pero no lo conseguía.

Mejor, pensó, dejar la medtación para otro momento. Además, o se daba prisa o le cerraban ya el Woman Secret.

Elección

15 de mayo 2008

Acababan de encargarle un libro hacía unos días. Tenía siete meses por delante hasta la fecha de entrega, aunque tenía que presentar el primer capítulo en un par de semanas. Sabía que no tenía mucho tiempo que perder y que debía ponerse a trabajar si quería tener listas sinopsis, índice y un primer borrador, pero aquella hoja le tentaba. La había encontrado en el buzón esa misma mañana: ¡Hola, esto no es publicidad! Te hemos seleccionado al azar junto con otras 299 personas. La idea es que nos escribas lo que te de la gana… Lo que nos envíes será publicado en un nuevo proyecto editorial del que tendrás noticias pronto… Aunque no te conocemos tenemos muchas ganas de contar contigo. ¡Un saludo!

Y se puso a escribir.

Caos

14 de mayo 2008

Llevaba más de dos semanas lloviendo en Madrid. Después de uno de los inviernos más secos que se recordaban, titulaban los periódicos, mayo no había parado de traer lluvia a la capital. En Nueva York una ola de calor mantenía en jaque a la población desacostumbrada a esas temperaturas en primavera.

Un mariposa aleteaba con una sonrisa pícara en Pekín.

Crecer

13 de mayo 2008

Llevaba esa mochila colgada a la espalda desde los ocho y estaba a punto de cumplir trece. No sabía por qué se aferraba a ella pero sentía que era ya parte de su piel. Decenas de veces su madre la había tirado, sin éxito, a la basura. Siempre volvía a aparecer. Tenía heridas de guerra, medallas y algún otro recuerdo en forma de escritos a boli azul que no dejaban virgen ni un sólo centímetro de tela original. La mochila había pasado cinco cursos, cuatro veranos en la playa y alguna fiesta con los amigos.

Sentía que algo estaba ocurriendo; en los últimos días no paraba de tener broncas con su padre, había una nueva chica a la que había echado un ojo y dos días antes había peleado, a puñetazo limpio, con el que había sido su mejor amigo. Pero no era sólo externamente; podía notar que su cuerpo experimentaba algo nuevo que no sabía bien definir.

Volvía a casa, como cada tarde, atravesando el parque antes de tomar la avenida y sin saber por qué, sacó lo que llevaba dentro, tomó la mochila por una de las correas y la lanzó por el aire hasta una de las papeleras.

Un sapo en el bolso

12 de mayo 2008

Llevaba un sapo en el bolso. Puede parecer extraño pero ella llevaba desde hacía meses un sapo verde en su bolso. Y él había aprendido a vivir en tan extraño entorno -un bolso de piel marrón con infinidad de bolsillos interiores- como se acostumbran los peces a las peceras de cristal o los canarios a esas jaulas de palitos metálicos. Ella también se acostumbró a llevar el bicho -no tenía nombre- colgado en el hombro donde fuera que fuese, como quien lleva al perro con una correa de paseo.

El otro día, paseando por Sol, le dieron un tirón y se lo robaron.

Homeless

11 de mayo 2008

Sabía que era asquerosamente frívolo, pero fue lo primero en lo que pensó al ver el brazo de aquel joven vagabundo, casi un crío, tirado sobre un banco en las puertas de la Gare du Nord. Su antebrazo estaba repleto de cortes que bien podían haber sido cicatrices de algún episodio vivido antes de llegar a la ciudad o simplemente el recuerdo de un ajuste de cuentas entre macarras en las calles de París. Le cubrían todo el brazo como rojos latigazos. Lo primero que le vino a su cabeza de marchante de arte contemporaneo al verlo fue Palazuelo.

Último aliento

10 de mayo 2008

Si, es cierto, tal vez había visto demasidas veces la escena de alguien morirse en el cine. Y, de alguna forma, esperaba ese instante, en el que ella le dejase una frase que recordase de por vida. En las películas siempre el protagonista moría después de haber expresado unas últimas voluntades, haber descubierto un secreto de familia guardado durante muchos años o haber dejado en el aire un último discurso o una projunda reflexión vital.

Ella llevaba más de un año en cama; desahuciada por los médicos desde que el tumor se extendió y ya la quimio no hacía efecto. Había tenido tiempo, sin duda, para preparar unas últimas palabras. Al menos, eso pensaba Ramón, su marido, que la acompañaba desde que las cosas se habían puesto difíciles y necesitaba de ayuda hasta para realizar los movimientos más simples.

Pero se fue de la manera más tonta. Quería quitarse esa última imagen de la memoria, pero no podía. Hubiera preferido conservar un último recuerdo más acorde con lo que ella había sido en vida. La vista perdida en el techo de la habitación y ese extraño sonido gutural, como un último aliento de vida, le martilleaban la cabeza. Era lo último que conservaba de ella.

París

9 de mayo 2008

Hacía calor aquella noche de mayo en París. La rue Pierre Senard, tranquila, como era costumbre a esa hora; tal vez el eco de alguna conversación lejana en alguna ventana de la típica casa estilo Haussman -molduras, chimenea y madera. Estaba en el ático, en la tumbona, disfrutando de una noche de estrellas impresionante.

El día había sido largo, fabulosaente largo para pasear por la orilla del Sena, por las islas de la ciudad y San Luis y para disfrutar por la tarde de una sesión de arte moderno en el Pompidou. Intentaba respirar la grandeza de aquella ciudad, la opulencia exquisita de aquella ciudad de galletas de lavanda y violeta; cerrar los ojos y respirar el aire aterciopelado de la primavera parisina. Envolvía su cabeza en gasas y sedas para no pensar en que al día siguiente había prometido a los niños visitar Eurodisney.

Publicado en on Mayo 12, 2008 at 11:58 pm Comentarios (0)
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Intercambios

8 de mayo 2008

Habían hecho un intercambio de casas: la casa de Madrid por la de París. No se conocían de nada, tan sólo unas referencias a través de la web en la que ambas ponían las fotos de sus apartamentos, sus preferencias y fechas disponibles para el intercambio. Una se llamaba Anne y la otra Susana. Ambas casas compartían, tal vez, lo que llamaban estilo Bobó: una mezcla de aire bohemio y burgués, con elementos rústicos y reliquias de viajes realizados. A Susana le gustaban las flores y su casa de Madrid estaba llena de ellas: naturales, en maceta, en jarrones, secas o pintadas. A Anne le gustaban los objetos orientales: farolillos, cuadros, inciensos y platillos. Y fue justo eso, lo diferente, lo que a cada una le enamoró de la otra casa cuando hicieron el intercambio.

No lo tenían planeado. Es más, nunca antes se les hubiera pasado por la cabeza tal idea, pero surgió. Al mismo tiempo, separadas por miles de kilómetros, decidieron cambiar sus vidas: Anne sería Susana y Susana Anne. No tuvieron que decirse nada. El día en el que ambas tenían que regresar a sus hogares, sencillamente no lo hicieron y empezaron a vivir la vida de la otra. Susana se dedicaría a la escritura para una revista de moda francesa y Anne al diseño de interiores. Y fue sencillo; unas cuantas excusas a los amigos y en unas semanas todo funcionaba como si siempre hubiera sido así. Fueron más de ocho meses en los que cada una consiguió hacerse con las costumbres, gustos y gestos cotidianos de la otra. Vivían felices con esa segunda vida; se sentían cómodas viviendo en una piel prestada.

Todo hubiera ido bien si no hubiera ocurrido aquello: Anne empezó a colocar farolillos en la casa de Madrid y Susana compró macetas para los balcones de la casa de París.

Inspiración

7 de mayo 2008

Dejó de escribir justo el día en que llegó a París. Se había creado grandes expectativas de escribir sin parar en las Tullerías, en los campos de Marte, viendo correr el Sena desde el puente des Arts o junto a los viñedos de Montmatre que no podía encontrar explicación a aquel blanco creativo.

Fue regresar a Madrid y necesitar sentarse de nuevo en su portátil.

Destino

6 de mayo 2008

Él saludaría al entrar en casa- ¿Qué tal? -y le daría un beso en la mejilla.

- Bien, preparando algo para cenar ¿te preparo algo? Me hacía un sandwich, estoy agotada.

- Bueno, tomaría uno igual. Me ducho y te acompaño. ¿Qué tal fue el día?

- Como todos. Un horror. Siete visitas,una casa apalabrada y se ha caído una venta que cerré la semana pasada. La crisis parece que hace mella en el sector -respondería ella sin levantar la mirada de las dos rebanadas que untaba con mayonesa- ¿Y tú?

- De nuevo bronca con el jefe; está de los nervios desde que se conoció la noticia de la fusión; parece que él está de los primeros en la lista de despidos de la nueva dirección. Al margen de eso todo bien. Por cierto ¿llamaste a los del seguro? -le preguntaría él mientras se iba desabrochando la corbata.

- Llamé, pero dicen que tardarán un par de días en venir a tasar los daños. No hay forma de hacerlo antes.

- Bueno, me meto en la ducha. Salgo en cinco minutos.

La cena, dos sandwiches de queso, rúcula y mayonesa, mientras echaban un ojo al nuevo reallity de moda en la tele. Varios comentarios al respecto del trabajo y a un encuentro con una antigua amiga del cole, mientras hacía unas compras en el centro comercial al lado de su trabajo.

Por la noche, sexo tibio y siete horas de sueño, hasta las siete y media que sonaría el despertador como cada mañana.

Nada diferente al resto de los días. Pura normalidad. Vida en pareja. Aunque los dos sabían lo que no decían.

Sabían que a las dos semanas ella llegaría a casa y en vez de una propuesta de cena le plantaría, sin previo aviso, su propuesta de divorcio, sin dar más rodeos. Él la aceptaría sin pedir más explicaiones.

Homenaje a Stephen King

5 de mayo 2008

Había pasado más de un año de su desaparición. Y ahi estaba. Mi Ipod nano. Sobre la mesa del escritorio, como si no hubiera pasado nada. Después de mis búsquedas, de haber revuelto media casa buscándolo, de haber preguntado a familia, compañeros y desconocidos por él. Después de haber llorado su ausencia y haber cubierto su vacío por un nuevo Zen.

Lo agarré e instintivamente le di al play. No me podía creer lo que escuchaba: la discografía completa de Charlie Parker. Puedo jurar que yo nunca las cargué. Es más odio a Parker y jamás me hubiera grabado ni una sola de sus canciones. No pude evitar pensar en la rebelión de las máquinas.

Pero lo acepté; acepté su libetad, su vida y sus gustos. No le pedí más explicaciones.

De peluqueras y humores

4 de mayo 2008

¡Ay la negra, siempre de mal humor!, le espetaba la clienta ante las malas formas de la negra. La peluquera negra. La peluquera negra que se negaba a hacerle el color a las ocho quince de la noche.

- Mire señora que ya a esta hora ni cogemos, que estamos a punto de cerrar y que hacerle un color -quería decir dar un tinte al pelo para cubrir las canas- lleva su hora y media, y que ya estamos saliendo a las diez y mañana tengo que estar de nuevo a las diez aquí.

-Pues no pongan que cogen hasta las ocho y media en la puerta. Menudo timo -replicaba la clienta.

La negra, la peluquera negra, la peluquera negra que se negaba a hacerle el color a la clienta rubia no era negra, era cubana y se llamaba Alessia. Alessia es cierto, no estaba de muy buen humor esa tarde. Había entrado en la pelu a las nueve de la mañana y se temía salir no antes de las diez y media. Había estado junto con la otra chica todo el día sola. Dos compañeras estaban de baja -tendinitis y depresión- y una tercera de descanso, y a esa hora podían haber atendido a más de sesenta clientas. Estaba agotada, es cierto, pero lo que peor llevaba era perder el precioso tiempo que dedicaba cada noche al master. Alessia, cubana, de 28 años, ingeniera agrícola por la Universidad Agraria de la Habana, estudiaba por las noches para sacar el master en Tecnología y Gestión de Calidad de Industrias agroalimentarias. Por el día, entre las nueve de la mañana y las diez de la noche trabajaba en la peluquería para pagarse una especialización en Europa. Y si, al margen de todo, la negra, la peluquera negra, la peluquera negra cubana, futura master, tenía un humor de perros.

Dar cera

3 de mayo 2008

Dar cera, pulir cera; dar cera, pulir cera; dar cera, pulir cera,…

No tenía ni idea de artes marciales, ni sabía quién era  Miyagui ni Ralph Macchio. No había ni remotamente escuchado quien era Avildsen ni sabía cómo era California. No, definitivamente ella no era Katate Kid, sino Frasquita, la Frasqui, o simplemente la chacha de las escaleras. No había practicado en su vida la postura de la grulla, pero fregar aquellas escaleras, nueve pisos, cada mañana, estaba acabando con sus huesos de vieja.

 

Publicado en on Mayo 4, 2008 at 8:40 pm Comentarios (0)
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Globos de colores

2 de mayo 2008

El cielo estaba cada vez más cargado de nubes, y eso no era buena señal. Tal vez otro día hubiera sido una bendición pero un cielo así no era muy bueno si uno quería dejarse llevar hasta las alturas atado a un millar de globos. Y ese era el plan. Adelir de Carli, cura, de 42 años, sabía que no había vuelta atrás. Tenía que hacerlo si quería ganar el record. Y no por pura vanidad ni por ser el cura más estrafalario del planeta, que en cierta forma lo era, sino porque quería sacar algo de dinero para montar un proyecto de ayuda a los camioneros que llegaban al estado de Paranagua. Toda su ilusión puesta en esa prueba para así hacer llegar, además, la voz de los más necesitados más allá de su aldea, de su estado, tal vez de su gran país.

Parecía una verbena aquella mañana la gran esplanada desde donde el cura iba a despegar. Miles de globos de colores iba engordando uno a uno formando un inmenso racimo que luchaba por partir. Las televisiones habían llegado desde distintas partes del país para ver su hazaña. Incluso había visto algún cámara extranjero.

Su principal enemigo esa mañana era el tiempo; no era el mejor pero había que lanzarse. Disponía de un pequeño sillón bajo los globos donde se encontraría atado en unos minutos. Unas barritas de cereales, algo de agua, y un Gps que nadie le había enseñado a utilizar. A las doce en punto del domingo, tras oficiar una pequeña misa en la que habló de los derechos de los camioneros de la zona y del proyecto ascendió arrastrado por los globos de colores. Mil. Llenos de helio. Conforme ascendía los globos se iban convirtiendo en pequeños puntitos rojos, azules o verdes sobre un cielo cada vez más gris, arrastrando a Adelir a las alturas.

Dos días después la noticia daba la vuelta al mundo: un cura brasileño perdido cuando intentaba alcanzar un record de vuelo atado a mil globos. Ni las fuerzas de seguridad de los estados vecinos ni los helicópteros del ejército pudieron encontrar rastro. Miles de plegarias por su aparición. Un grupo de globos desinflados flotaba en el océano a la deriva.

Cuatro dias prolongaron la búsqueda sin éxito. A esas horas él, Adelir de Carli, adalid de causas difíciles, defensor de camioneros, hombre valeinte, cura y piloto de globos, se encontraba discutiendo con su jefe. Mucho más arriba.

Ataque al corazón

1 de mayo 2008

Era un dolor agudo en el pecho. A la izquierda. Le obsesionaba desde que lo leyó en Internet: el ataque al corazón comienza con un agudo dolor en el lado izquierdo del pecho, a la altura del corazón. Dolor en el pecho con una intensidad que aumenta. Piel sudorosa, fría, pegajosa y, o pálida. Falta de respiración. Náusea o vómito. Cansancio o debilidad inexplicables. Pulso rápido o irregular. Había leído todos los síntomas y hacía el recorrido mental por ellos mientras bajaba con el perro por la calle de la Madera: dolor o opresión en el pecho que dura más de unos minutos.  Aumento de la frecuencia cardíaca. Los tenía todos. Bueno, todos menos uno: Sensación de muerte inminente. Nunca supo qué querían decir con sensación de muerte inminente; ¿sería lo del tunel y ver tu vida correr como en una peli rebobinando?. Eso no puede ser un síntoma, pensó.

De cualquier forma estaba seguro que sufría un ataque al corazón. Solía llevar siempre en el bolsillo una aspirina para echarse bajo la lengua al primer síntoma. ¡Te pude salvar la vida! le había dicho un médico amigo. Pero la había olvidado en casa; había salido sólo a sacar al perro y comprar el periódico y no había tomado precauciones.

Apretaba el móvil en el bolsillo, premarcando el número de casa. Pensaba si le daría tiempo en el caso de un ataque repentino, de llamar a casa, hablar con su mujer y transmitirle la alrma. Pensaba cuál debería ser el mensaje para hacerlo corto, directo y dando las coordenadas de donde se encontraba. El dedo preparado para pulsar sobre la tecla verde. El dolor en el pecho cada vez más intenso.

Era el tercero que sufría esa semana. Bueno, para ser correctos diremos que era el tercer falso ataque al corazón que le daba en los últimos cinco días. Empezaba a repetirse con frecuencia. El dolor que siempre le daba a la mañana siguiente de haberse quedado dormido en el sofá, medio retorcido, con el portátil encima tratando de escribir.

Publicado en on Mayo 1, 2008 at 11:32 pm Comentarios (0)
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Indeciso

30 de abril 2008

Había reunido todos sus ahorros para comprar aquel trozo de terreno. Quería construir allí la casa de sus sueños: una casita de campo con un amplio huerto donde cultivar fresas, lechuga trocadero y rúcula salvaje. A las semanas decidió montar allí el hotel rural de sus sueños: un hotelito pequeño, donde poder descansar, contemplar el paisaje y disfrutar del aire fresco de la sierra. Luego pensó que debido a su gran afición lo apropiado era un viñedo experimental, con vinos de autor, donde experimentar con nuevas variedades y jugar a la alquimia de la uva hasta conseguir los mejores vinos del país. Pasaron pocos meses y le maravilló la idea de crear una comuna de gente como él: un lugar de retiro y soledad para un puñado de escogidos unidos por los mismos ideales. Los proyectos de huerto ecológico, huerto solar, picadero, reserva ecológica, plantación de abedules, camping y un largo etcétera se fueron encadenando uno tras tras otro en menos de un año.

Hoy he pasado cerca de allí  y un cartel con grandes letras rojas anunciaba: En Venta.

El Oráculo

29 de abril 2008

Y el Oráculo me preguntó con una voz grave: ¿Quién eres?

No pude resistirme, me entró la risa floja.

El faro

28 de abril 2008

Estaba en la ventana. Sábado noche y la calle como siempre atestada de gente de marcha por el barrio de Malasaña. Levantó la vista hacia el oeste y lo vió: una pequeña luz a la altura del Hotel Princesa brillaba por encima de los tejados de la ciudad. No podía dar crédito a lo que veía: un faro. Una luz intermitente dirigía un halo sobre el cielo de la capital. Y no podía ser otra cosa.

Se frotó los ojos; como los niños pequeños. Un par de veces. Pero allí continuaba; un largo y afilado faro de granito en el centro de la ciudad. Increible pero la imagen no podía ser más nítida. Su ciclo de luz era bastante regular. Dos segundos de luz, dos de oscuridad. Dos segundos de luz, dos de oscuridad. Dos segundos de luz, dos de oscuridad. Los periodos se repetían como un hipnotizante mantra lumínico.

Las voces de la calle dejaron paso a un lejano rumor de olas que chocaban frente a una costa escarpada y brava. Podía apreciar cada una de las batidas abrazando la base del faro; el estallido sordo del mar contra la roca. Si se concentraba, podía incluso percibir el salpicar de blancos espumarajos de sal contra la piedra. La noche olía a mar; un olor salino con regusto a electricidad. Parecía como si fuese a romper una gran tormenta en la isla de Ouessant.

La sirena de un pesquero anunciaba su entrada por la punta de Pern. Volvía a Fisterra tras casi una semana en alta mar cargado de marineros húmedos buscando sus hogares. En menos de un minutos otro pesquero volvía a irrumpir con una largo de sirena. Otros tres siguieron con saludas graves avisando al puerto de Lampaul que estaban a punto de entrar. Junto a la Jument, los otros cuatro faros de La Fromveur plateaban el mar de la isla del cangrejo en una fiesta de sirenas y luces.  El escabozo rayaba la noche a intervalos regulares mientras un albatros se posaba sobre la roja torre del faro.

A la mañana siguiente la prensa local titulaba: Un colosal incendio en el centro de Madrid mantuvo hasta entrada la madrugada a decenas de dotaciones de bomberos y policía trabajando en su extinción.

Gintonic con Dios

27 de abril 2008

Esta noche soñé que tomaba unas copas con dios. Estábamos en un antro pequeño, lleno de humo y con un tipo bajito, como Woody Allen, que tocaba el clarinete. Me llamaron la atención sus zapatillas de deporte. Divinas.  Estaba, dios no yo, un poco abatido. Me contaba, con un gintonic en la mano, lo mal que estaba la empresa: la globalización, la competencia, el equipo bajo de ánimos… Se culpaba de no poder transmitir bien el mensaje a su gente. No sé -me decía- tal vez esté ya viejo y no entienda a esta juventud. Lo mismo un relevo sería lo mejor. Yo lo veía sincero. Cansado, derrotado, un poco viejo, pero sincero; con un brillo de divinidad decadente en los ojos.

No tengo fuerzas para seguir -me lanzó en un momento en el que yo estaba más atento de una pelirroja al fondo de la barra que de sus letanías.- Se me hace difícil empezar de nuevo, bajar a revelar, a reconstruir de nuevo al equipo. Además, no creas que es tan fácil. Hay distintas líneas allí arriba: los que consideran que no pasa nada, que son ciclos, o los que animan a un diluvio, para hacer una gran limpia y comenzar de cero. Yo, no se, son tantos años que me encuentro perdido.

Al cuarto gintonic me espetó: tal vez tire la toalla y monte un resort celestial para buenos católicos. Justo ahí me dió pena; sabía que había bebido demasiado pero notaba en sus palabras que estaba realmente desesperado. A punto estuve de hacerme creyente para animarle.

Desayuno

26 de abril 2008

Me di cuenta de que algo iba mal cuando le pregunté qué quería para desayunar y me respondió que teniamos que hablar.

Zapatillas

25 de abril 2008

Le iquietaban aquellas zapatillas atadas sobre el cable de la calle. Era una especie de moda: todo Madrid estaba lleno de zapatillas colgadas en los cables que cruzaban las calles. Le llamaban shoefiti, el arte de colgar zapatillas. Y había todo tipo de teorías: había quien decía que no era más que una nueva forma de expresión juvenil, quien afirmaba que eran símbolos para señalizar matrimonios próximos o incluso pérdidas de virginidad, pero había teorías más oscuras que defendían que el par de zapatillas colgadas eran señales para delimitar zonas de venta de droga, puntos en los que se había cometido un asesinato o incluso señales de un próximo homicidio.

Había algo que no le dejaba dormir; y se despertaba a medianoche con la imagen de aquel par de zapatillas rojas colgadas justo frente a su casa, en la esquina de Corredera con Espíritu Santo. Llevaban allí desde hacían casi dos semanas y su presencia se había convertido en una obsesión. No era de los que se creían a la primera aquellas leyendas urbanas. Pensaba que eran un invento sensacionalista de los medios de comunicación, especialmente las más macabras o las que hablaban de mafias. Pero había algo que empezaba a volverle loco: había puesto patas arriba media casa pero no conseguía encontrar sus zapatillas de deporte rojas.

Decrecer

24 de abril 2008

Fue al llegar a los ochenta. Un buen día se levantó de la cama y se dió cuenta que tenía mejor aspecto, como si hubiera rejuvenecido veinte años. La piel estaba más tersa, las manchas que tanto le afeaban las manos habían desparecido y el pelo, estropajo gris, lo sentía como más sedoso. Y no era sólo físicamente, se sentía mejor por dentro. Con ganas de pasear. Se calzó, se vistió en un periquete y salió a dar una vuelta. Se sentía con fuerzas y parecía que no le cansaba la caminata. Comió un buen cocido, de menú, y por primera vez en años no se sintió pesado. Que bien le veo esta mañana, le decía Antonio el camarero; Está usted más joven don Julián le espetó la panadera.

A la mañana seguiente se sintió más grande, como si hubiera estirado, y el pelo abundaba en su cabeza con un brillo negro increible como a los cuarenta. Sentía ganas de vivir; se dió una ducha rascándose bien una nueva piel fresca y tersa: las arrugas estaban desapareciendo y los pellejos que hacía dos días colgaban de sus brazos parecían haberse rellenado. Salió de nuevo a la calle y quiso correr, sentir el aire frío cortando su cara. Tenía fuerza dentro y quería probarse. Estuvo corriendo durante casi dos horas, pero sus piernas parecían no notar tan colosal esfuerzo. Se dió cuenta que la gente del barrio no le saludaba y pensó que era imposible haber cambiado tanto como para no ser reconocido. Se quedó de piedra al mirarse al espejo en casa y descubrirse asímismo cuarenta años antes. No podía encontrar una explicación a lo que ocurría, pero tampoco le importaba. Se sentía bien y quería vivir. Le daba igual que fuese una rara enfermedad o un milagro, lo cierto es que estaba rejuveneciendo de una forma prodigiosa.

A la tercera máñana sintió bajo sus calzoncillos que algo luchaba por salir. Sintió rubor al mirarse al espejo y descubrirse con veinte años. Guapo, alto, esbelto, como nisiquiera él se acordaba haber sido. Le daba vergüenza salir a la calle y ser reconocido, además, cómo iba a vestirse, nada parecía cuadrar con aquel nuevo cuerpo. Como pudo sacó algo decente del tendedero del vecino en el patio, y salió a la calle. No podía contener una fueria tremenda en su entrepierna; sus ojos escrutaban el horizonte en la calle buscando las más bellas chicas, parándose en los escotes y faldas. Y notaba que ellas le devolvían la mirada con cierta provocación. Esa tarde terminó compartiendo cama con una belleza mulata de treinta años llamada Isabel.

No podía ser más feliz. Era ese el mejor regalo que le habían podido ofrecer los dioses. Era como un regalo de espedida a la vida. Dos mañanas antes pensaba que sus días estaban ya contados, y que vivía una especie de tiempo extra. Como fuera que fuese le parecía que aquel rejuvenecimiento repentino era una especie de despedida de la vida, un regalo a los que iban a morir, en sus últimos días. No le importaba, quería disfrutar plenamente de esa nueva juventud.

A la cuarta mañana, sintió algo frío alrededor. Un gran mancha amarilla envolvía el colchón dándole un húmedo y frío despertar.

Publicado en on Abril 25, 2008 at 8:09 pm Comentarios (0)
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La realidad

23 de abril 2008

Se había acostumbrado a vivir en sueños. Literalmente. Llevaba más de veinte años en los que cerraba los ojos y vivía su vida. Al principio se sentía confusa entre el mundo en el que vivía de carne y hueso y el otro que existía en su mente, pero con el tiempo las cosas habían cambiado. Cada día el mundo real era más difuso y lo percibía detrás de una nebulosa, y el otro, el que habitaba en su cabeza había cobrado todo el brillo y realeza que iba perdiendo el primero. Ya no sentía vértigo de vivir en dos realidades, ya no necesitaba cerrar los ojos para vivir esa vida, ya lo tenía claro. Su vida le correspondía y la vivía allí. Se había casado, hacía años, en ese mundo, con un chaval que conoció un día paseando por el paruqe, enfrente de la casa que se había construído en su mente. La que cumplía todas sus expectativas, la que le hacía feliz. Y su marido era el hombre que toda mujer siempre anheló tener. Al menos ella sí. Había momentos malos, como no, los creaba para evitar la sensación de irrealidad y para apreciar con mayor intensidad los buenos momentos. Pero siempre se resolvían, felizmente. Y tenía dos hijos, una niña preciosa que se parecía a ella y un chaval nacido dos años después para contentar también los deseos del padre. Dos era también su ideal.

¡Qué más podía pedir del mundo! Para ella ese mundo en su mente -en el que vivía no sólo de noche, sino a cualquier hora, en casa, en el trabajo, mientras paseaba- no era un espejismo, era su realidad. El otro, el vulgar mundo de carne y hueso no era de ella, era un mal físico que había que aceptar. Intentaba relacionarse lo menos posible en el mundo de fuera, lo básico para cumplir con sus necesidades más básicas de alimentación y trabajo, pero nada de amigos, ni sentimientos, ni expectativas, ni deseos. ¿Para qué? si ya yo tenía todo. Vivía feliz.

El problema llegó cuando Juan, su compañero de trabajo, en la oficina de patentes, le pidió la mano. Se había enamorado de ella y le proponía matrimonio.

Compra-venta

22 de abril 2008

Vendió su alma al diablo a cambio de la inmortalidad. Se pasó toda una eternidad intentando recomprarla.

Publicado en on Abril 24, 2008 at 11:56 pm Comentarios (0)
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Final Shakespeariano

21 de abril 2008

Huía de la Alemania nazi. Se dirigía a Lisboa para desde allí tomar viaje hasta el refugio americano. Unos kilómetros antes de la frontera franco-española los gendarmes le pararon por un defecto formal con la documentación. No lo pudo soportar más; estaba cansado, tremendamente cansado de huir. Toda la vida. No tuvo más fuerzas. Esa noche abrió el cianuro y abandonó la lucha.

A la mañana siguiente, en la frontera llegaba el pasaporte. Todo en regla.

Publicado en on Abril 22, 2008 at 12:00 am Comentarios (2)
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Memoria selectiva

20 de abril 2008

Se llamaba Florita y tenía 100 años y medio. Ni medio más ni medio menos. Le llamaba la radio aquella tarde.

“Era hace 75 años. Aunque se tiende a subrayar que fue en las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933 cuando votaron por primera vez las mujeres españolas, unos meses antes, en abril de ese mismo año en un pequeño pueblo del Maresme se celebró un pequeño sufragio en el que por primera vez en nuestro país hicieron realidad su derecho al voto las mujeres. Fue en Canet de Mar, el 16 de abril de hace ahora 75 años. Se decidía la construcción del nuevo mercado municipal y en aquel plebiscito, las naturales de Canet de Mar fueron las primeras mujeres del Estado español que ejercieron el derecho a voto femenino…” -la voz metálica del locutor introducía brevemente el tema a través de las ondas y anunciaba a la invitada esa mañana al programa.

“… Hoy está con nosotros en el programa Frorita, natural de Canet, de 100 años y posiblemente la única mujer viva de aquellas primeras mujeres que votaron en el país”

Florita no podía recordar aquel momento. Posiblemente fue una de aquellas mujeres, pero por mucho que lo intentaba su memoria centenaria sólo recordaba el fango que se montaba en la calle durante las obras del mercado, los festejos por la apertura de aquel nuevo edicifio, la escasez de carne en los años posteriores y el vestido de boda que su madre había arreglado para su boda aquel mismo año del 33. El locutor insistía buscando la ratificación de su participación en aquellas votaciones populares, pero por mucho que lo intentaba una mancha blanca se había dispersado por aquellos recuerdos que su cabeza canosa había decidido menos importantes en su personal visión de la historia.

Publicado en on Abril 21, 2008 at 11:46 pm Comentarios (0)
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El preciso momento

19 de abril 2008

Rodeaba la esquina de la casa grande y lo ví: la valla para la contención de la obra había cedido posiblemente por el torrente de agua caído el día anterior. Se había hundido varios metros cayendo a la gran hondonada que alojaría los aparcamientos. De lujo, como toda la casa. Y me asaltó una vieja cuestión. No se si a Eco o Calvino le oí hablar de esta historia hace tiempo: la reflexión en torno al momento justo en que un cuadro cae. El preciso momento y las causas que lo provocan. Todos los cuadros, sostiene la teoría, aferrados a una puntilla en una pared, tienen un momento exacto de su vida en el que se desploman. Un preciso instante en el que la puntilla, vete a saber por qué extraña razón, se deja vencer, tal vez agotada por el cansancio, aquejada de una enfermedad, o por un descuido, y se descuelgan. Y mueren. Y desencadenan una catástrofe. Plass. En un sólo segundo. Nadie sabe cuándo se produce y muchas veces, y he ahí lo fantástico, sin obedecer a razón aparente. Simplemente caen; unos segundos antes firmes, resistiendo las fuerzas ancestrales de la gravedad, y al segundo rendida al suelo. No son esos cuadros con los que alguien tropieza y los tira, ni los que se ven sometidos a los efectos de un terremoto o los de un rápido desalojo. Son aquellos otros de vida anodina, en un pasillo cualquiera, de una casa cualquiera no especialmente bulliciosa, ni animada. El típico cuadro sobre el que, antes que le ocurra este peculiar fenómeno, nadie antes había reparado.
En casa seguía dándole vueltas a la teoría de la puntilla y el cuadro e intentaba imaginar el momento justo en el que la valla de la casa en reforma se desprendía, zasss, dejando tras de si, un reguero de barro, agua y chapas por el suelo. Parecía que no había tenido más consecuencias. Tan sólo había arrastrado los metales. Pero intentaba imaginar, si en ese momento hubieran coincidido el último hálito de la valla, con el de la estructura de la fachada: en alguna grieta oculta para los ojos de los operarios y arquitectos que la habían apuntalado, se fraguaba una catástrofe. Como en una peli de las de Hitchcock un reloj contando marcha atrás con grandes números rojos. Y en la punta de los bornes dos cables atados a una carga de dinamita. Lo difícil era adivinar qué marcaba aquel contador. Seguro que lo tenía. No sólo las puntillas, los cuadros, las vallas, las fachadas. Todos tenemos un contados de números rojos que van marcha atrás.
Inmenso en tan surrealista diatriba, la bombilla sobre mi cabeza se dejó llevar. No sé cuánto tiempo llevaba resistiendo a la tentación. Y se fundió. A oscuras respiré y le di las gracias: no hubiera sabido terminar.

Sísifo 3 y final

18 de abril 2008

Él, que había sido el más astuto de entre los hombres. Allí en aquel infierno. Sufriendo el irónico castigo de Minos. Como el Sol saliendo cada mañana y hundiéndose en el horizonte cargando aquella pesada piedra que volvía a caer por la otra ladera. Él, hijo de Eolo y Enarate. Marido de Mérope. Padre de Odiseo y de Glauco. Allí, humillado, por aquella ladera empinada cargando la dichosa piedra que una y mil veces rodaba por la colina antes de alcanzar la cima.

Él, que había sido el más astuto de entre los hombres. Dejó el Averno y volvió entre los mortales. Cuentan que se hizo de oro franquiciando una montaña rusa.

Publicado en on Abril 17, 2008 at 11:31 pm Comentarios (0)
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